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HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA (Lc. 22, 14-20)

Hoy celebramos la fiesta de Jesucristo sumo y eterno sacerdote, en esta celebración Dios establece con cada uno de nosotros un diálogo personal, Dios entra en comunión con nosotros: nos habla «al corazón» y renueva su Alianza, en la plenitud de los tiempos Dios Padre nos habla por su Hijo: Jesucristo, el eterno Sacerdote.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. No es un ámbito para estar por encima de los demás. El sacerdocio de Cristo implica, como dice el autor de la Carta a los hebreos, asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso. No sigue el camino de la ambición, de la soberbia y del poder. Jesús ha seguido el camino de la humillación, del sufrimiento y de la muerte. Ha asumido nuestra naturaleza frágil y débil, de carne y de sangre, y ha afrontado la muerte. Este es un sacerdocio nuevo: comprender a los débiles, ayudarles, descender a la fosa de los afligidos para rescatarlos, acercarse a los que carecen de esperanza para levantarlos, revelar el nombre y la gracia de Dios a cuantos andan en las tinieblas del mundo. Es el sacerdocio de la entrega a las almas, al hombre en su cuerpo espiritual y trascendente, para redimirlo de la esclavitud del pecado e introducirlo en la libertad de los hijos de Dios.

¿Alguna vez soñaste con tener superpoderes, como para hacer cosas increíbles y cumplir una misión, casi como lo vemos en las caricaturas? Pues hoy te diré que eso es posible para todo cristiano católico, esos superpoderes los adquirimos desde nuestro bautismo con la infusión del Espíritu Santo, pues al ser nuevos miembros de la Iglesia e hijos de Dios, recibimos la encomienda de ser sacerdotes, profetas y reyes para llevar a cabo una misión específica en nuestra vida terrena.

Hoy te contaré únicamente como es que podemos ejercer nuestro sacerdocio, así como hoy celebramos la fiesta de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, así también nosotros participamos de su sacerdocio por ser sus hijos, por el bautismo todos participamos del sacerdocio común de los fieles, que no es el sacerdocio ministerial que se otorga por otro sacramento, sino que nos consagra y nos da la capacidad de ofrecer todo lo que vivimos, al Padre eterno.

Así como Cristo, siendo la nueva Alianza ofreció su propia vida por nuestros pecados, así también nosotros estamos invitados a ofrecernos en bien del mundo entero, por ese motivo la forma más concreta de ser sacerdotes es intercediendo ante Dios, es decir, presentando al Altísimo todo lo que toca nuestra vida: lo bueno y lo malo, lo personal y lo comunitario, lo propio y lo ajeno, lo que tiene que ver con la Iglesia y lo que es del mundo, lo que acontece en mi entorno y lo que ocurre en el otro extremo del planeta.

Los invito a pedir a Dios la gracia de seguir también nosotros el dinamismo de ese sacerdocio. Ser solidarios con nuestros hermanos; los hombres exigen de nosotros vivir el sacerdocio según el espíritu de Cristo, no según el espíritu del mundo.

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