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¿GUÍA O TIRANO? (Lc. 7, 1-10)

Hoy la Iglesia recuerda de manera más significativa la figura de san Juan Crisóstomo, el boca de oro, un pastor insigne que se destacó por sus predicaciones, su espíritu reformista y por la defensa de los pobres frente a los opulentos lujos de los ricos de la época; considerado por la Iglesia como patrono de los oradores.

En medio de esta memoria, la liturgia del día de hoy nos comunica de parte del Señor, algunas actitudes que como cristianos debemos tener en consideración para seguir acrecentando nuestra fe, dentro de este itinerario tenemos como primera actitud la oración de intercesión, la cual desde la visión de san Pablo es de suma importancia y alcanza del cielo lo que se pide, pues se trata de una manifestación clara de la comunión entre aquellos que nos llamamos cristianos.

No se trata de pedir solamente por aquellos que me caen bien, sino que se trata de pedir e interceder, es decir, hacer de intermediario, entre Dios y la otra persona que incluso no me es tan amable o tal vez por la que siento una cierta aversión; esta es la centralidad de la experiencia cristiana, te quiero no por quien eres sino por quien representas, es decir, no te quiero solamente por las virtudes que posees o por lo bien que lo pasamos juntos, o por los favores que puedas realizar en mi beneficio. Se trata sobre todo de quererte y pedir por ti a pesar de que en ocasiones te llegue a considerar como un adversario, por la razón simple de que tú también eres un hijo de Dios igual que yo, es decir, que poseemos la misma dignidad.

Aunado a esta conducta se nos invita a interceder ante Dios por aquellos que tienen autoridad sobre nosotros, por la razón de que ellos, siendo autoridades legítimamente constituidas, son, y así deben entenderse a sí mismos, una imagen de la autoridad divina, por tanto deben tener en su ideario que son administradores, no dueños, de la gracia y de la autoridad que ostentan, pues aunque no lo crean o lo sientan, son una representación de Dios en la tierra, es decir, que aquellos que tienen autoridad sobre nosotros, aparte de la obligación moral de atender y velar por el bienestar de sus subordinados, tienen la gravísima responsabilidad de ser quienes ayuden o estorben en el proceso de acercarnos a Dios que también es autoridad.

Por eso el Evangelio en su contenido nos pone de manifiesto la relación adecuada que debe existir con la autoridad, en la que se espera del subordinado la obediencia, la reverencia, la humildad y la confianza, pero también exige de la autoridad que se reconozca como tal, que escuche, que se compadezca, que sea solícito, que ejerza una autoridad dinámica, y sobre todo que reconozca la actitud del subalterno; estas actitudes no son inventadas, sino que forman parte de un único acto de fe, entre el oficial romano y Jesús, por eso cabe la pregunta que nos sugiere la liturgia de hoy, ¿eres un guía, alguien que sabe manejar la autoridad, o eres simplemente un tirano?

Acerquémonos al Dios de la paz para que nos ayude a crecer en sabiduría y gracia delante de sus ojos, siendo mejores seres humanos para ser mejores cristianos.

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