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ESTO ES MI CUERPO. ESTA ES MI SANGRE (Mc. 14, 12-16. 22-26)

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 

Hoy la Iglesia universal celebra la Sangre y Cuerpo de Cristo, mejor conocido como “Corpus Christi” de manera popular, por lo regular, la celebración se lleva a cabo acompañada de una procesión solemne con Jesús Eucaristía por las calles de alguna comunidad parroquial. La mayoría de ocasiones se acondiciona un carro alegórico que transportará al Santísimo Sacramento, acompañado de flores, velas y alabanzas propicias que enmarcan el recorrido del Rey de Reyes.

El objetivo de proclamar a Jesús en este día, es reconocer su presencia real y viva en el Santísimo Sacramento del Altar, bajo las especies de pan y vino consagrados por el sacerdote, que, a su vez, se convierten por gracia del Espíritu Santo en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor.

Esta fiesta se remonta a sucesos milagrosos en donde la hostia consagrada, el cuerpo de Cristo, se ha teñido de sangre de manera visible, fieles y consagrados han sido testigos a lo largo del tiempo de diferentes “Milagros Eucarísticos”.

Ya en el año 1263 sucedió un hecho milagroso en la localidad de Bolsena (Italia), cuando, en la celebración de una misa, un sacerdote rompió la hostia consagrada, brotando sangre de ella. Esto consolidó esta festividad litúrgica del Corpus Christi.

 En el Concilio de Vienne (año 1311) Clemente V reguló el cortejo procesional en el interior de los templos. En el año 1316 Juan XXII introdujo la Octava que incluyó la exposición del Santísimo Sacramento y el papa Nicolás V encabezó la procesión en la festividad del Corpus Christi del año 1447, con la Hostia Santa por las calles de Roma.

Adorar a Jesucristo en la hostia consagrada, en donde creemos fielmente que está vivo, con toda su divinidad, con toda su majestad, es una experiencia que con el tiempo nos quita muchas cosas de nuestra vida. Nos quita el egoísmo, la tristeza, lo inhumano, el narcisismo y todo lo que no nos permite ser buenos cristianos. Adorar a Dios por medio de su Hijo Jesucristo en la eucaristía, nos regala un corazón muy sensible, cercano a los demás, con la capacidad de admirar y cuidar a la naturaleza, reconociendo a Dios en todas las cosas, nos regala la paciencia y sobre todo, la capacidad de amarlo a Él y de esa manera, amar a los demás.

“En los cielos y en la tierra sea por siempre alabado, el corazón amoroso de Jesús Sacramentado.”

 

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