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Es la hora del Espíritu (He. 19, 1-8)

Estamos ya cerca de celebrar la solemnidad del “Pentecostés”: la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y este pasaje de los hechos de los apóstoles nos cuestiona hoy, sobre el hecho impensable de que un creyente, un bautizado, desconozca al Espíritu Santo, como lo relata la primera lectura, con aquellos hombres de Éfeso que no sabían de su existencia; pero nosotros que sí lo conocemos aunque sea de oídas, podemos tener una ignorancia vital: saber quién es, pero vivir como si fuera un desconocido.

El Espíritu, la tercera persona de la Santísima Trinidad, no suele aparecer, según los textos bíblicos en la intimidad de la vida trinitaria, sino en su acción exterior. Espíritu significa casi siempre, presencia y acción de Dios, tanto en la persona de Jesús desde su encarnación hasta su resurrección, así también, en las acciones apostólicas después de su ascensión, es Él quien lleva las riendas de la Iglesia en la tierra; es por eso por lo que, aunque desconozcamos de algún modo su acción, podemos darnos cuenta que lo conocemos más de lo que pensamos.

Todos tenemos seguramente a alguien, una persona en la cual podemos confiar, la cual sabemos que, en momentos difíciles, está ahí; alguien que nos sabrá dar sabiamente un consejo y que además no nos juzgará por nuestras acciones a pesar de lo escabrosas que puedan ser. Esa descripción no le va mejor a nadie sino al Espíritu Santo que es nuestro compañero más íntimo, pues mora en nuestro interior, más aún ¡somos su templo! Él nos ilumina, asiste, aconseja, defiende, consuela y fortalece, es así que su presencia debe inundar todo nuestro ser. Él mueve a los hijos de Dios, nos revela la escritura y nos fortalece en las tribulaciones.

Por esa razón, ante esta palabra debemos reflexionar cuál es nuestra relación con Él ahora, pedirle la gracia de amarle cada día más y de abrirnos a su acción; estar dispuestos a dejarlo actuar en nosotros en todo momento confiando en su sabiduría y amor incondicional hacia nosotros.

Envía, Señor, tu Espíritu que renueve nuestros corazones. Envíanos, Señor, tu luz y tu calor, que alumbre nuestros pasos, que encienda nuestro amor. Envíanos tu Espíritu y un rayo de tu luz que encienda nuestras vidas en llamas de virtud.

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