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ENJUGARÁ LAS LÁGRIMAS DE TODOS LOS ROSTROS (Is. 25, 6-10ª)

Iniciado el tiempo de Adviento, la lectura del profeta Isaías nos sitúa en una comida preparada por el Señor. El banquete que se nos ofrece se trata de la vida en el reino de Dios. Ahí, las lágrimas de los que sufren serán enjugadas. Ya no habrá llanto ni dolor.

Este banquete será preparado por el Señor, la esperanza es devuelta al pueblo, a quien se le quitará el velo que le impide ver su alegría, su plenitud, su felicidad. Celebremos y gocemos con su salvación será el canto de los que entren al banquete. ¡Quién no quisiera participar de él!

Es curioso. Muchos de nuestros encuentros con amigos y familiares los hacemos en torno a las comidas; sin embargo, muchas de esas comidas están atadas a los ausentes. El celular ha sustituido la conversación sana que provoca el encuentro. Tristemente nos comunicamos más con el de fuera que con el que tenemos enfrente mirándonos a los ojos. Ansiamos sacar el móvil para ver quién nos ha escrito en nuestras redes sociales, interrumpiendo o bloqueando cualquier conversación posible que en el momento real se esté produciendo.

Escondemos nuestros deseos y esperanzas, somos incapaces de compartirlos por miedo al ridículo o al sarcasmo que pueda surgir entre los presentes. Escondemos también nuestras lágrimas y sufrimientos, considerando que no puede haber nadie que nos consuele. Escondemos nuestra padecer y morir porque nadie alimentará nuestra esperanza. Este es uno de los velos que cubre a todos los pueblos.

Pero hay velos que añaden más sufrimientos a los hombres: el hambre que no queremos ver, los enfermos que no queremos cuidar, los ancianos que no queremos acompañar, los niños que no dejamos nacer, los refugiados que no queremos acoger, los marginados y pobres que no queremos contemplar. Este paño tapa a todas las naciones.

En el Monte Santo, donde Dios se manifiesta cara a cara, encuentra el hombre, por fin, el sentido integral y definitivo de su vida. Ya no es necesaria la fe. Dios despeja los velos y la muerte ha sido radicalmente vencida. Pero quiero quedarme con esta frase: “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Nos revela un Dios cercano, que se conmueve con la suerte del hombre. Esta es la gran esperanza que el Profeta proclama para este tiempo de Adviento, arrancará este velo y este paño de la desolación y la impiedad alejando el oprobio de los que padecen la injusticia. Dios enjugará nuestras lágrimas de dolor y sanarán nuestras heridas. Amén.

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