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EL YUGO LLEVADERO DE JESÚS (MT. 11, 18-30)

A veces es difícil saber qué regalar a otra persona «¿Qué necesita?, ¿qué le gustaría?»
Un regalo pretende precisamente agradar al otro, para demostrarle afecto o gratitud.
Incluso en esto, Dios piensa en nosotros y nos ahorra el problema de pensar con qué regalo podemos agradarle más. En el evangelio de hoy nos lo dice: «Venid a mí», esto es lo mejor, lo que Él está esperando con ilusión, quiere tenernos cerca, que vayamos hacia Él, la expresión nos lleva a cualquier época y lugar, y en consecuencia también al ahora, al presente, donde Jesús nos invita a volvernos a Él con tres imperativos:

Venid a mí. El primero va dirigido a todas las personas que viven sobrecargadas en esta vida, en la cual el peso de las situaciones existenciales les agobia y no saben a dónde acudir. Anhelan la paz, el bienestar o al menos un lugar dónde descansar. Jesús les dice que vayan a Él y encontrarán esos brazos que sostienen, esas palabras que alivian el alma, ese bálsamo que todo lo cura. En Jesús encontrarán el auténtico descanso.

Cargad con mi yugoEsta invitación entra en contradicción con la promesa de encontrar descanso, ¿cómo es posible descansar llevando un yugo? Jesús sale al paso de las posibles dudas e indecisiones afirmando que su yugo es llevadero y su carga ligera. El yugo en algunos textos antiguos significaba el trabajo entendido como vocación. En este sentido, el yugo-trabajo a pesar del cansancio es liviano porque responde a nuestras opciones. Sin embargo, en Él, el término es sinónimo de sometimiento y esclavitud. Siguiendo la imagen del yugo llevado por dos animales (bueyes, mulas), Jesús nos puede estar diciendo que su yugo es más llevadero porque lo llevamos con Él. Él camina a nuestro lado, soporta nuestra carga, nos anima en el sendero, aligera nuestro desánimo, de ese modo nuestra carga personal, familiar, comunitaria o social se nos vuelve aceptable, capaz de ser transformada, se nos vuelve liviana.

Aprended de mí. El tercer imperativo también nos adentra en el desconcierto, no por el hecho de aprender de Jesús, el único Maestro, sino por lo que Él habla de sí mismo: soy manso y humilde de corazón. Actitudes que no dicen mucho a nuestra sociedad pero que en situaciones de vulnerabilidad como la que estamos viviendo nos hacen pensar que precisamente la mansedumbre y la humildad de corazón son las cualidades que nos ayudan a llevar el yugo cotidiano. Solamente desde un corazón humilde y sencillo, semejante al de Jesús, podemos superar cualquier crisis, cualquier adversidad, cuando aprendemos que dándonos y cuidando de otros, descansamos.

Acercarse a Cristo es buscarlo en la oración, en los sacramentos, y en todos los momentos de nuestra vida, basta dirigir por un instante nuestro pensamiento a Él, cuando vemos a una persona necesitada, cuando escuchamos por qué rumbos camina el mundo, ya estamos a su lado. Además, Él nos promete que así hallaremos nuestro descanso. Encontraremos alivio a nuestras preocupaciones inquietudes sufrimientos, sólo en él podremos encontraremos la paz que necesitamos en estos momentos difíciles por los que estamos pasando en el mundo.

Pidamos a Dios para que nos permita tener un corazón manso y humilde como el suyo, para poder acercarnos a Él en todo momento, y tener optimismo y esperanza a pesar de nuestras miserias humanas, siempre con la confianza puesta en Él.

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