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El signo de la unidad (Jn. 17, 20-26)

“Que todos sean uno, como tú y yo somos uno”, esta frase es la última parte de la oración sacerdotal que Jesús proclama en la última cena, dirigida al Padre para pedir por todos los que gracias a la acción apostólica creerán en Él. Pablo fue claro ejemplo de buscar la unidad entre creyentes y no creyentes, pues se encargó de predicar el Evangelio no únicamente a los cristianos, salió a los pueblos paganos, se convirtió en modelo de unidad, porque buscó que todos conocieran la verdad y con ello le dio vida a lo que el Maestro mandó; sin embargo, este simple hecho de construir el cuerpo de Cristo entre otras culturas y razas le dio muchos sinsabores y desilusiones humanamente hablando, porque muchos no entendieron este cometido, como aún sigue pasando hoy y no aceptar esta unión.

La unidad entre los cristianos siempre ha sido y será, desde el inicio una de las dificultades con las cuales se ha tenido que luchar, porque el maligno sabe que en la división está su triunfo. San Pablo tuvo que batallar duramente para mantener la unidad de sus comunidades.

Cuántos cristianos en la actualidad se prestan a dividir y contrastar dentro de la Iglesia y del mundo cristiano en general, dividen y quebrantan sin ningún remordimiento de conciencia siguiendo sólo intereses personales y lo que más duele, es que se amparan bajo una actitud piadosa pero vacía, bajo un fanatismo pobre, que no hace más que destruir la fe de muchos que desean encontrarse con la verdad, que buscan el rostro de Dios para poder reconstruir sus corazones lastimados por tanto odio y dolor existentes en un mundo impregnado por la cultura de la muerte, que se ha vuelto tan común en nuestros días. Entran en la Iglesia de Cristo deseando encontrar la paz y la dulce armonía del resucitado y se topan con el escándalo de la división y el desconcierto, todas estas divisiones son un freno para la evangelización, pues el mundo sólo creerá en nosotros los cristianos en la medida que nos vea unidos y caminando como una sola familia de fe; ahora se nos presenta una inminente oportunidad para unirnos como sociedad, en pro del más necesitado, que las personas de otros credos nos identifiquen como verdaderos cristianos.

Se nos olvida el punto central del Evangelio de hoy, la unidad en Cristo y su Iglesia, es evidente el antitestimonio que hoy, como desde hace mucho tiempo ofrecemos al mundo los creyentes en Jesucristo; divididos en diversas confesiones cristianas abanderadas por diferencias en el pensamiento de una sola persona, dejando en segundo término el querer de Jesús, la unidad. Nos llamamos y reconocemos como “hermanos separados” que deben unirse, según el deseo de Cristo, para que el mundo crea en Él y para que haya un solo rebaño, una sola Iglesia bajo un mismo Pastor.

Padre nuestro, solamente tú puedes lograr lo que parece imposible: que los hermanos separados nos unamos en una sola Iglesia, formando un solo rebaño bajo un solo Pastor. Todos hemos sido bautizados bajo un mismo Espíritu para construir un solo cuerpo, la Iglesia de Jesús; ayúdanos a mantener la unidad con el vínculo de la paz.

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