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EL RETO DEL PROFETA (Lc. 4, 16-30)

Después de una primera reacción positiva, alguno, movido por la polilla de la envidia comenzó a decir: ¿Dónde estudió éste? ¿No es el hijo de José? Y nosotros conocemos a toda su familia, ¿y en qué universidad estudió? Entonces pretendían que les hiciera un milagro: solamente después habrían creído. Entonces comenzaron a empujarlo para tirarlo por un barranco por celos, por envidia.

Pero no se trató de un evento de hace dos mil años atrás, esto sucede cada día, cada vez que se acoge a alguien hablando bien el primer día y después siempre menos, hasta llegar a la habladuría, casi hasta desollarlo. Quien en una comunidad habla contra un hermano acaba por querer asesinarlo.

El apóstol Juan nos dice esto: quien en su corazón odia a su hermano es un homicida. Nosotros estamos acostumbrados a los chismes, a las habladurías y muchas veces transformamos a nuestras comunidades, y también a nuestra familia, en un infierno en donde se manifiesta esta forma de criminalidad que lleva a asesinar al hermano y a la hermana con la lengua.

Para que haya paz en una comunidad, en una familia o en un país, en el mundo, tenemos que empezar a estar con el Señor. Porque donde está el Señor no hay envidia, no hay criminalidad, no hay celos, hay hermandad. Pidamos esto al Señor: nunca asesinar al prójimo con nuestra lengua y estar con el Señor, como estaremos todos nosotros en el cielo.

Es muy común preguntar a los niños pequeños: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Y para orgullo de los padres los niños responden: «quiero ser como mi papá». Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su madre angustiada cuando se perdió en el templo: «pero no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre», no debería haber motivo de preocupación por mi ausencia.

En nuestra vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo desenrolló las escrituras y encontró justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él: «Anunciar la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Vivir en Cristo no es encontrar un año de gracia en nuestras vidas, sino que es vivir en gracia y creo que ahí radica la gran diferencia. Vivir en gracia de Dios por la fe y por el amor, que nos llevará a ser malentendidos, calumniados y criticados, pero nada ni nadie nos podrá quitar la alegría y la felicidad de que estamos llevando a cabo la misión confiada en el bautismo y a la que nosotros nos adherimos cada vez que damos un paso de fe, cada vez que tenemos la dicha de llevar a alguien al conocimiento y a la experiencia de Dios, vivo y verdadero.

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