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EL REINO, ¿ES DE DIOS O TUYO? (Lc. 17, 20-25)

El día de hoy el evangelio nos presenta una escena que es precedida por una pregunta de parte de los fariseos por el discurso a propósito del «juicio», también llamado discurso «del día del Hijo del hombre» (Cfr. Mt. 24, 23-28. 36-41).

Un aspecto del misterio del Reino de Dios es su presencia escondida, pero real entre nosotros, hasta que se revele plenamente el final de los tiempos. El Reino que Jesús ha venido a inaugurar y que, por cierto, no llegará aparatosamente, consiste sobre todo, en abatir las barreras del egoísmo, para que todos lleguemos a formar la única familia de los hijos de Dios.

Por ello, conviene analizar nuestra vida y descubrir, en nuestra vida de cristianos si es que tenemos un norte, si tenemos algo que fundamente o gobierne por decirlo así, mi proceder, mis intenciones. A veces es tan fácil queridos hermanos y cuando cae uno en cuenta de cómo estamos construyendo nuestro día a día y descubrimos que lo que hemos construido o vamos construyendo está posiblemente lejos del reino propuesto por Cristo.

Construir el Reino, abatiendo las barreras del ego-ismo, es decir del yo mismo. Ese es el reto, por ello considerar al menos 2 puntos nos servirá para dar un primer paso en nuestra comprensión del Reino de Dios en nuestras vidas.

Primero.- un estilo ostentoso. Hoy tenemos esa tentación de buscar lo complejo ante un Dios que se muestra simple. Buscamos hasta ciertas espiritualidades raras, con mezcla de cosas o de otros credos. Buscamos hacer estudios y reflexiones de todo tipo para entender lo que Dios quiere para nuestras vidas; cuando se nos deja la simpleza de lo que es el Evangelio, los sacramentos y la caridad. No compliquemos lo simple y no busquemos tanta ostentación o exigencia cuando lo que viene de Dios es simple.  Acordémonos que Jesús nació en Belén, no en Nueva York, no teniendo al círculo de Viena como pastorcillos o visitantes.

Segundo.- Que Jesús esté entre ustedes. Qué lindo saber que Dios está entre nosotros y con nosotros. No nos deja nunca solos, porque somos parte de Él y nunca nos dejará. Saber que el que está a mi lado tiene algo de Dios para mí. Me pongo a pensar en esa mujer que amas con toda tu alma, con el solo verla sientes que la vida es distinta, o ese hombre que amas y puedes dimensionar esa seguridad que te da para enfrentarlo todo. O ese hijo que te llena de amor y te hace preocupar tu vida, no tan solo por ti, sino por tu hijo o por tu hija; te hacen vivir la caridad. O ese amor al papá y/o mamá que te da la fuerza y seguridad cuando están los miedos. Todo eso es el Reino de Dios, todo eso está alrededor tuyo. Y díganme qué tanto somos capaces de percibirlo, y díganme ustedes dónde está lo complejo en el ser y quehacer de una de estas figuras al amar. No lo encontraremos. Porque este como muchos ejemplos tienen esa cualidad misma de Dios: simpleza.

Por tanto queridos hermanos, quedémonos con esta idea en el corazón y para realizarla en nuestra vida de fe, ayudando a los demás a descubrir la presencia de ese Reino en sus vidas. El Hijo del Hombre es el mismo Dios que nos da la certeza de que siempre estará a nuestro lado y nos guía en el caminar. Dejémonos de complicaciones, transformando ese dicho coloquial “vive y deja vivir”, a propósito de dejar de ser complejos, en “vive en la presencia de Dios y ayuda a vivir”. Como esa canción que dice: “Cristo está conmigo, junto a mí va el Señor, me acompaña siempre, en mi vida, hasta el fin…”. Bendecido día.

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