SEDES
Ags Colima Guadalajara Lagos de Moreno La Piedad León Puerto Vallarta Querétaro Tepic Uruapan Zamora Online
Bolsa de trabajo Bolsa de trabajo Portal de pago Unadis Biblioteca

English Assistance

EL QUE QUIERA SERVIRME, QUE ME SIGA (Jn. 12, 24-26)

¿Cuánto vale una vida? ¿Cuánto cuesta restaurar una dignidad? ¿Cuánto levantarla, cuánto repararla? Y, sin embargo, cuán fácil es arruinarla y pisotearla. ¿En qué medida nuestra mente e inteligencia, nuestras manos y nuestros pies se enrolan en la batalla por proteger y reparar la vida de las personas que traen nuestros días? ¿Qué relatos de vida seremos capaces de poner en pie cuando nuestros ojos se encuentren con los de Jesús? Cuando leemos la palabra de hoy, tenemos la impresión de que es uno de esos momentos en los que su espesor y su firmeza son tales que nos impiden desviar la mirada o excusarnos en nuestras medias tintas, sabedores y aprovechados de la misericordia infinita de la Divinidad que todo lo acoge.

Se nos habla de apuesta, y ésta de corte radical. La propuesta es literal: “el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará”. Así de claro, así de raro. ¡Qué curioso! por un momento nos hemos sorprendido: ¿y si aún no nos hubiéramos atrevido lo suficiente a “perder” nuestra vida y, por tanto, aún no hubiésemos encontrado la verdadera experiencia vital cristiana que surge de vivir desprendiéndonos de la vida a cada rato?

Lo que vivimos en estos días es duro, mucho. Quizá no veamos a nuestras ciudades sangrientas, pero es seguro que sangran muchas vidas y sueños ulcerados. Hay muchos sarmientos y sabias resecas, sin horizonte, sin futuro por el que apostar. No nos veremos viviendo en la mentira, pero de plano, que nuestras actitudes vitales y humanas andan faltas de auténtica veracidad. Por no hablar de la oleada de “insaciables despojos” que muchas élites de poder practican; acciones de las que muchas veces, por comodidad, cobardía o por falta de información, acabamos siendo cómplices. Ante todo esto, nuestra lógica, la que tira mucho de muro de contención que protege lo nuestro, lo que nos es querido, nuestras necesidades, la que antepone las cercanas preocupaciones por encima de cualquier otro dolor, está “condenada” a plantearse un cambio.

Dios nos observa deseoso de darnos consuelo y anunciarnos que es posible vislumbrar los pies del mensajero que pregona la paz y cumple sus votos, que restaura la gloria. Le urge contarnos que es posible sacarse la arena de los ojos y ver sin dolor que otra forma de construir nuestras vidas y relaciones es posible. Que en el girar de nuestra existencia, podemos invertir las fuerzas, dirigidas hacia fuera, hacia la humanidad, en especial, la más abandonada y humillada. Que podemos agudizar el oído y escucharle, que está con nosotros y no consigue, ni ha conseguido nunca, olvidarnos. Que se trata de exponernos frente a la realidad, mirarla a los ojos y acogerla. Traspasarla y “cargar con ella” que no es acarrearla, sino cogerla en brazos y mudarla, ponerla a salvo, sobre sábana limpia y fresca donde pueda restablecerse y curarse con aires más puros, aires de justicia, libertad y dignidad, que le permitan caminar fortalecida, renovada, ilusionada. Amén.

Dejar un comentario.