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EL QUE ME RECHAZA A MÍ, RECHAZA AL QUE ME HA ENVIADO. (Lc. 10, 13-16)

El día de hoy Jesús habla de manera puntual, inclusive podría parecer que habla enérgicamente. Sin embargo, Jesús cuando habla de que el amor no titubea, habla directo al corazón y a la razón.

¿Cuántas veces hemos rechazado lo que viene de Dios? Aquellas cosas que Él nos quiere regalar, principalmente el amor en donde Dios se hace presente, palpable. Personas de buen corazón que se preocupan, que nos cuidan, que nos alientan a ser mejores. Mucha ingratitud hay en nuestros corazones que nos incapacita para poder ver con los ojos de Jesús, una cerrazón que muchas veces no comprendemos, maquillada de confusión, desmotivación y en la mayoría de veces, de placer.

Lo que Dios regala es eterno, el amor de Dios es purificador y transformador, día a día Jesucristo se hace presente en nuestra vida para recordarnos cuanto nos ama, cuánto desearía ser aceptado por nosotros. En el amor se comprende a Dios, en el amor, aprendemos a hacer humanos, como principio de la encarnación del Hijo de Dios. Jesús vino a enseñarnos a ser verdaderos humanos, con un corazón de carne y no de piedra.

El amor es milagroso, el amor es esperanza y confianza; el amor es Dios quien habita y vive en el corazón de cada ser humano, habla a través de nuestra consciencia. Solo en el amor podemos esperar grandes milagros, el amor fecundo que nace de lo alto, que nace de lo más puro y sagrado.

El que rechaza al amor, rechaza a Dios, porque Dios es amor puro y perfecto, y el amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo que transforma y purifica, que convierte y une.

El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Cor. 13, 4-8)

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