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EL JESÚS DEL ENCUENTRO (Mt. 8, 28-34)

Es común encontrarnos en los evangelios la imagen de Jesús que no se cansa de ir de ciudad en ciudad al encuentro de sus hermanos, principalmente los más pobres, los enfermos, los lisiados, los cojos, los ciegos, los marginados. ¡Cuánto amor refleja su cercanía para con todos, qué gran ejemplo, compasión por sus hermanos! La buena noticia para nosotros es que, hoy en día, Cristo también nos está buscando para sanar, liberar, consolar, animar, nuestros corazones. Él cruza hasta «la otra orilla», solo para encontrarse con nosotros. Lo que Él quiere es estar dentro de nosotros, sacar toda oscuridad, sanarnos de nuestras locuras, y llenarnos de luz.

Es indispensable salir «de los cementerios» de nuestro interior. Desde ese lugar donde radican nuestras miserias, donde solo existe amor propio. Salir desde nuestros sepulcros para ir al encuentro de Cristo y pedirle a «gritos», no de desesperación, sino de fe, que nos sane.

Salir al encuentro de los demás, implica un acto de libertad en la persona, eso es lo que Cristo busca de nosotros. Dios no nos obliga a salir, lo que quiere es que de nosotros salga la iniciativa para querer ir a Él y ser sanados. Busquemos salir al paso de Cristo tal como somos, no tengamos miedo de Él, pues lo único que quiere es sanarnos.

Es sorprendente el conocimiento que tienen los demonios de la identidad divina de Jesús. Si tenemos en cuenta que estos ‘espíritus’ son criaturas intermedias entre Dios y los hombres, ese conocimiento es coherente con su carácter sobrehumano. Pero es importante no olvidar que, en cualquier caso, están sometidos a la soberanía de Jesús sobre ellos y su victoria sobre las fuerzas del mal es signo de la llegada del reino que él predica. Hay que tenerlo en cuenta también cuando hablamos de las tentaciones que creemos nos vienen del demonio: influyen fuertemente sobre nosotros, pero siempre pueden ser vencidas recurriendo a Jesús, el Señor.

El evangelio tiene la intención de resaltar el poder de Jesús sobre los demonios. Los demonios se conciben como ‘espíritus inmundos’ o malignos y parece que su influjo sobre los seres humanos se impone a estos, sobre todo mediante la enfermedad. Sin embargo, Jesús puede con ellos, y no es porque “el príncipe de los demonios” le transmita ese poder, como piensan algunos de su entorno, sino porque reside en Él el poder mismo de Dios.

¿Cómo enfrentamos a nuestros propios demonios? ¿Qué actitud tomamos frente a nuestras tentaciones? ¿Cómo combatimos el mal que vemos en el mundo?

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