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EL EQUIPAJE PARA LA MISIÓN (Mt. 10, 7-15)

¿Qué necesito llevar para proclamar el Evangelio a toda persona? El evangelio de hoy nos habla una parte del discurso misionero de Mateo, donde Jesús nos invita a ir y proclamar que el Reino de los cielos ha llegado, ese reino de justicia y paz, tan ansiada por el pueblo de Israel ya está aquí; pero hemos de salir de nuestra zona de confort, de nuestras trincheras, ir más allá de nuestra nariz, de nuestro ego, para comunicar con nuestra vida y llevar el mensaje de Jesús a todo aquel que nos encontremos. Como buen maestro, Jesús detalla cómo ha de llevarse esta proclamación del reino, y para ello lleva a cabo gestos de alivio y sanación, gestos que devuelven la salud y la vida a tanta gente, que viven la vulnerabilidad existencial: curad enfermos, resucitar muertos y arrojar demonios.

Será la Iglesia la que vaya a las naciones, según el mandato misionero de Cristo resucitado, de quien recibe su propia misión. Por eso el vocabulario misionero del Nuevo Testamento es dinámico: espíritu, ida, camino, envío, pesca, recolección, proclamación, signos, testimonio… y todo ahí, nos habla de nuestro compromiso activo como seguidores y discípulos de Cristo.

Para llevar a cabo esta tarea necesitamos equipar nuestra mochila con dos actitudes fundamentales: una mirada compasiva y un corazón lleno de confianza. Para poder salir a los caminos del mundo, en el que vivimos una realidad tan imprevisible, desconcertante y abrumadora; hemos de “activar” nuestra mirada y ponerla en modo “compasiva”, a fin de que nuestras entrañas puedan estremecerse ante el dolor y fragilidad de nuestro prójimo.

Pero también necesitamos un corazón confiado, en el Señor que nos envía, pues “no necesitamos ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias ni bastón”; como bien nos lo dice hoy, Él sabe bien lo que necesitamos para esa misión, qué energías hemos de poner en juego, qué dinámicas hemos de desarrollar, en este tiempo en que el ser humano ha vivido y vive la vulnerabilidad, y en ocasiones hasta la precariedad. Como seguidores de Jesús, no podemos quedarnos cruzados de brazos siendo sólo espectadores, El Señor nos pide que nos impliquemos, y si es necesario que nos compliquemos, basta con reconocer que: “si lo hemos recibido gratis, hemos de darlo gratis”.

“Bendito seas Padre, Dios de los apóstoles y profetas, por Jesucristo, tu primer enviado en misión de paz para anunciar a los pobres el gozo de la liberación, para curar a los enfermos y curar los corazones rotos. Líbranos Señor de tanto bagaje inútil que nos instala y entorpece en el anuncio del reino, para que no perdamos el ritmo de la misión, amén”.

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