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El enviado no es más que quien lo envía (Jn. 13, 16-20)

Estas palabras de Jesús se pronuncian en el discurso de despedida, en la llamada última cena. Jesús lleva al extremo los gestos fraternales de servicio que le propone a sus discípulos, incluso, al servicio de aquel que horas más tarde lo traicionaría; un gesto difícil de realizar humanamente si nos llegara a suceder en nuestros días. El Dios que Jesús nos revela en su persona dista mucho de ser un Dios prepotente y dominador, tampoco inmutable o indiferente, más bien se nos muestra como un Dios de amor, que sufre y muere en un gesto de servicio y amor a los suyos.

Por ello, si Él entrega su vida por amor, así también aquellos por los que entregaría su vida, y que más tarde enviaría a predicar su palabra, también tendrían que estar dispuestos a entregar su vida por amor. Sin embargo, Él conoce la fragilidad de sus discípulos, porque sabe bien a quienes ha elegido, incluso se anticipa a decir que sería Judas quien lo traicionaría, todo lo anterior para que cuando sucediera, creyeran en Él.

Al igual que a los discípulos en este gesto de servicio en la última cena, Jesús nos interpela y confronta, pues, Él conoce a cada uno de nosotros y nos pone a prueba en el amor, constantemente, desde lo cotidiano, iniciando con nuestra familia nuclear, trabajo, escuela y demás personas con quienes nos relacionamos. Debemos tener claro que la medida de la grandeza divina de Cristo, no es el poder, sino el servicio y la entrega de sí mismo hasta la muerte, el desgaste de la jornada del día en el servicio a los demás, haciendo lo que nos corresponde; lo cual nos debe acercar más en la configuración con Cristo, a sentirnos satisfechos de estarlo haciendo, aún más, a sentirnos en plenitud.

El cristiano comprometido que piensa, habla y actúa como Cristo, participará necesariamente del destino de su humillación y entrega, pero también de su poder y su gloria. Seguir el ejemplo de Jesús no es repetir ritos, sino actitudes: amor y servicio, entrega y renuncia, obediencia y humillación. El amor sincero y el servir con alegría deben ser características básicas de un cristiano y de la Iglesia en nuestro mundo y sociedad, sobre todo en los momentos de crisis que ahora nos toca vivir.

Te damos gracias Dios nuestro, por el ejemplo de humilde servicio que Cristo nos dejó al lavar los pies de sus discípulos. Él nos dio un mandamiento de amor fraterno, has que por medio de tu Espíritu Santo podamos crecer como hijos tuyos en Cristo resucitado y estemos dispuestos siempre al servicio amando a los demás.

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