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EL DISCÍPULO ES FAMILIA DE JESÚS (Mt. 12, 46-50)

La escena evangélica de hoy nos presenta, en la persona de Jesús, el ejemplo de persona que ha hecho la opción prioritaria por el reino. Si el discípulo no es más que su maestro, ante la opción por el reino, tendrá que experimentar personalmente el dolor de la renuncia a su familia e incluso la incomprensión de la misma, como le sucedió a Jesús.

Cuando Jesús dice que su verdadera familia la constituyen aquellos que hacen la voluntad de Dios, está pensando en esa armonía creada por el amor. No excluye a sus propios parientes, en la medida en que éstos se comportan como verdaderos hermanos y viven dicha armonía. Todo el que pretenda pertenecerle, seguir su ejemplo y entrar en el ámbito de su verdadera familia, debe, como Jesús, establecer una prioridad de opciones donde la primacía se encuentre en el cumplimiento de la voluntad de Dios. No se trata de un proyecto o estilo de vida negativo al que nos invita Jesús, sino positivo, pues desemboca en la pertenencia a Cristo como discípulo suyo y en la intimidad familiar con Él, que es el hermano mayor de cuentos se deciden por los criterios de Dios. A éstos les abre Jesús la puerta de su casa, pero no como invitados, sino como hermanos suyos por ser hijos del Padre Dios.

No se trata de renegar de la propia familia de sangre, sino de vivir según unos criterios que inevitablemente la relativizan. Dios nos invita, a cada uno de nosotros, a sumarnos a esta nueva familia de la que habla Jesús. Una familia basada en un amor incondicional a todos aquellos que se saben y se sienten hijos de Dios y que hacen de la voluntad divina la norma de su propia vida. En el auténtico creyente se advierte una visión de la vida y del hombre, del mundo y de los problemas humanos bajo una luz distinta: su fe. Se le nota una estabilidad emocional que vence la desesperación, una paz que se sobrepone a las dificultades y al desaliento, una gran alegría que supera la tristeza y el mal humor. Lo más atractivo de su vida es la apertura a los demás, la aceptación de todos sin discriminación, el servicio y la acción de compartir sus bienes, su tiempo y su persona, con quien más lo necesita.

Estas tres actitudes básicas del discípulo: fe robusta, esperanza alegre y caridad ardiente, constituyen la estructura personal del cristiano, su vida nueva en Cristo, su pertenencia familiar a Jesús, su servicio de voluntad a Dios.

A nosotros, si queremos ser hermanos de Jesús, de su familia, nos toca cumplir la voluntad de nuestro Padre, es decir, caminar por la senda del amor con todas sus consecuencias de vivir todo lo relacionado con el amor, el perdón, la justicia, la amabilidad, la verdad, la paz.

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