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ÉL CONOCE TUS SUFRIMIENTOS (Jn. 5, 1-16)

El evangelio del día sitúa a Jesús en Jerusalén, la ciudad que mataba a los profetas. En la piscina de Betesda Cristo realiza la curación física y espiritual de un enfermo que llevaba treinta y ocho años esperando quien lo metiera en las aguas termales cuando éstas se removían. Treinta y ocho años viviendo sin la generosidad de un amigo, un hermano, un hombre de buena voluntad que se compadeciera de él. ¿Cuánta gente hoy, no espera lo mismo de nosotros?

El paralítico y los numerosos enfermos que se encuentran en los cinco portales de la piscina esperando su curación son imagen de una humanidad doliente que ansía el agua de una difícil salvación integral, siempre aplazada: “Señor, no tengo a nadie que me ayude”. ¿Cuántas veces no sentimos o pensamos así? Creemos que no hay nadie que nos entienda, nos ayude, nos apoye, nos haga el bien, nos haga sentir mejor. Pero hay alguien que tomó sobre sí nuestras dolencias y enfermedades: Cristo, el varón de dolores, que mediante los sufrimientos de su pasión y el agua y la sangre que brotaron de su costado abierto, nos sanó a todos.

Sin duda que este enfermo es un hombre de gran corazón, una de esas personas que no se desaniman, pues a pesar de los problemas que tiene, mantiene la fe y la confianza en Dios.

Este paralítico es imagen de todos nosotros que, debido a nuestra fragilidad humana, no podemos movernos libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de nosotros mismos y progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia, paz; a pesar de nuestros buenos propósitos.

Sí, a veces somos esas personas que continuamente tropezamos, somos cojos, y necesitamos de alguien que nos sostenga. Y el paralítico nos anima a exponer nuestros problemas a Jesús con confianza y dejarle obrar maravillas en nosotros.

Aprendamos también del paralítico a escuchar las preguntas que Jesús nos hace a lo largo de nuestra vida; respondámosle con fe, con confianza, con pronta obediencia, con empeño y con esfuerzo constante y obediente. Siempre el Señor “espera” de nosotros fe, constancia, paciencia y perseverancia en la oración.

El paralítico: creyó, obedeció y se esforzó para ponerse de pie contra todo pronóstico, y fue sanado. Hagamos nosotros lo mismo. También hoy Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros: ¿Quieres quedar sano? ¿Quieres curarte de tu pecado? ¿Quieres dejar tu camilla y comenzar a caminar?

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