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EL AMOR VENCE AL TEMOR (Lc. 12, 1-7)

Seguramente en más de una ocasión hemos escuchado hablar sobre “el santo temor de Dios” como uno de los dones del Espíritu Santo. Probablemente nos cuesta trabajo entender cómo podemos hablar de un temor a Dios, si Él se comporta con los hombres como un Padre que cuida de sus hijos en todos los aspectos de su vida; si Él no se olvida de unos pajarillos que valen dos reales, cuánto menos de sus hijos los hombres.

Como humanos que somos, es muy normal que exista el miedo ante el peligro que supone la persecución, la burla, el señalamiento, y es inexplicable la angustia ante el riesgo que corre de perder la vida, el que testimonia la verdad del Evangelio frente a la mentira e hipocresía del mundo. Jesús lo sabía; por eso nos recuerda que solamente hay un fracaso realmente temible y una catástrofe irreparable que se debe evitar a toda costa: perder la vida para siempre.

Precisamente la victoria sobre el miedo, la vergüenza y el respeto humano es la raya divisoria que marca la diferencia entre el discípulo verdadero de Jesús y el que es un cristiano solamente de ocasión, mientras las cosas corren bien. Pero el temor no puede vencerse sino a base de amor. Tal ha de ser nuestra respuesta al cariño que Dios nos tiene y que debe suscitar en nosotros una fe y una confianza total. Aunque seamos débiles, la mano poderosa del Señor nos sostendrá en sus caminos si acudimos a Él en la oración.

Esto no quiere decir que todo en nuestra vida va a ir bien, que cuanto emprendamos va a tener buen fin, que nuestro camino va a ser un camino de rosas. En nuestro mundo, Dios nunca anula ni nuestra libertad ni la libertad de los demás hombres. Lo que Jesús nos promete es que, en todo momento, cuando nos vaya bien y cuando no nos vaya tan bien, en los momentos de alegría y en los momentos de tribulación, va a estar con nosotros, siempre nos acompañará. Como hizo Dios Padre con Él: “No estoy solo, porque el Padre está conmigo”. Lo que también se cumplió en la cruz, como lo prueba que, después de la muerte injusta infligida por la maldad humana, le resucitó.

Señor, reconocemos que, con frecuencia, el miedo al mundo nos puede y malogra nuestro testimonio cristiano. Fiados en tu palabra y con la fuerza de tu Espíritu, queremos demostrar que te conocemos y te amamos. Lo mismo en la adversidad que en la vida diaria haremos nuestro un estilo sencillo, alegre, y servicial. Amén.

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