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EL AMOR VENCE AL TEMOR (Jn. 4, 11-18).

“A Dios nadie lo ha visto nunca”, afirma la lectura de san Juan, como un eco al prólogo del cuarto evangelio. ¿Cómo podemos entonces estar seguros de vivir en comunión con Dios? El mismo apóstol nos da la respuesta: “si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud”. Este es el motivo y la base del amor fraterno: Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros. En Dios se encuentra la fuente y el modelo de todo amor verdadero.

Amor y temor son dos realidades incompatibles. ¡Cuántas ansiedades y neurosis son causadas por temores religiosos! Con frecuencia escuchamos frases como: “mi fe está intacta; lo que me falta es la esperanza”. Decae la confianza en Dios porque falla el amor, vencido por el miedo y la psicosis de seguridad inmediata. En vez de abrir el corazón a la buena nueva de amor benevolente que Dios nos tiene, insistimos en las prohibiciones y amenazas de un moralismo antievangélico.

Solamente nos curaremos del miedo estéril si, unidos a Cristo, nos entregamos confiadamente y por completo a la alegre libertad del amor, a la sorprendente gratuidad de la amistad que Dios nos brinda en Cristo, que es su imagen filial. En este “sacramento del encuentro con Dios” que es Jesús, Dios se revela como amor que busca al hombre y que pide una respuesta de la misma naturaleza. Acorde con nuestro propio peso específico que es el amor, según san Agustín, toda la enseñanza y la ley del Señor se resumen en que amemos a Dios y a los hermanos, porque Dios nos amó primero en Cristo.

“Padre mío: es difícil entender tanto amor. Es difícil amar cuando me lastiman. Es difícil amar y saber que no les interesa mi amor. Es difícil entregarse a los demás y no esperar nada a cambio. Padre, ayúdame a amar a mi prójimo con tu amor. Ayúdame a pensar primero en ti, y en servirte y en amar, y luego en mí y lo que a mí me hace falta. Hoy entiendo que debo servirte y que haciéndolo mi vida será bendecida. Señor, dame la fuerza para salir de mi zona de confort y poder tomar ese paso de fe para entregarme a ti. Ayúdame a obedecerte sin restricción y que tu amor se manifieste en mi vida todos los días”. Amén.

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