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“EL AMOR NUNCA REPUDIA” (Mt 19, 3-12)

“El que obedece no se equivoca”, una frase que muchas veces hemos escuchado en la vida y con la cual se busca justificar el error que se ha cometido, haciendo culpable a alguien más de los malos resultados obtenidos. Ahora bien, pudiera sonar “justa” la expresión, si alguien se equivoca no es por voluntad propia sino movido por una “sumisa” forma de obrar. La cuestión aquí sería: ¿Debemos acatar una orden moralmente injusta y alejarnos de la realidad personal y social que hay detrás de esa orden?

Dejándonos interpelar un poco por el evangelio: ¿No será que estamos cayendo en lo mismo y produciendo dolor y sufrimiento a personas que se sienten alejadas de la Iglesia porque no entran dentro de las normas establecidas? ¿Cuántas veces hemos dañado la vida del otro solo por intentar hacer “lo correcto, lo bueno, lo de costumbre”

Lo que en realidad Jesús estaba haciendo era proteger la institución matrimonial, reprueba el divorcio porque el hecho de repudiar a una mujer en la Palestina de aquella época significaba abocar a las mujeres a la marginalidad social. La decisión era unilateral, de parte del varón, siempre amparado por la ley, sin importar la vida de la otra persona. Tengamos presente que en aquel tiempo y aquella sociedad la mujer pasaba de la propiedad del padre a la del marido, y sin marido o sin padre no había ni recursos económicos ni tampoco reconocimiento social. Lo que sí había era una salida amplia hacia el rechazo social, la mendicidad y la prostitución como forma de supervivencia.

Ante una situación así, tan lamentable, injusta, triste y dolorosa, Jesús de Nazaret lo único que ve, lo único que valora, lo único que le preocupa es la dignidad de la persona a la que afecta el incumplimiento de la ley y sitúa a aquella por encima de ésta. La persona primero.

Jesús, con su actitud, nos enseña a mirar más allá de las normas para valorar y juzgar a las personas en su realidad concreta. Nos enseña a acoger situaciones difíciles y amarlas hasta el extremo. Porque Jesús de Nazaret, otra vez, insiste en apostar por la persona y dotarla de dignidad. Una dignidad que no la concede la ley, sino el AMOR.

Cuando los discípulos le exponen la dificultad de la permanencia en el amor, Jesús les contesta que “No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don”. Y es que, dificultades en las familias, en los matrimonios o en las comunidades, como en la historia de Israel, siempre habrá; permanecer en aquello que nos resulta cómodo y reconocible es fácil, pero sólo quien ha recibido ese don es capaz de permanecer en el amor. Trabajemos pues dignificando y dotando de ese don de permanencia en el Amor a todas las personas, especialmente hoy a aquellas que excluye la ley y también a aquellas que nosotros excluimos de nuestras propias leyes.

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