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DIOS SE REVELA A LOS SENCILLOS (Lc. 10, 21-24)

El evangelio de hoy nos revela a Cristo abriendo su corazón al Padre en alabanza y acción de gracias, por el Espíritu. Jesús, “lleno de la alegría del Espíritu Santo”, bendice al Padre por su predilección por los sencillos; Él mismo reconoce que no se hizo entender ni aceptar por los doctos y letrados de su tiempo. Fue la gente sencilla de entonces, y de siempre, la que mejor asimiló el anuncio de Cristo sobre el Reino, el plan divino para la salvación del hombre, la paternidad de Dios y la fraternidad humana, la paradoja de las bienaventuranzas, entre otras.

Cuando actuamos movidos por nuestras fuerzas y seguridades, pretendiendo “entender” los porqués de todos nuestros acontecimientos, o “controlar” todos nuestros cuándo y nuestros cómo, pertenecemos a ese grupo de “sabios y entendidos” a quienes se les ocultan estas cosas, porque no tienen su confianza puesta en el Señor. Evidentemente los caminos de Dios no son los de los hombres. Dios se complace en elegir a los pequeños y a los pobres, a los que no cuentan socialmente ni tienen peso económico, para revelarles sus secretos y su conocimiento por medio de Cristo. Es la sabiduría superior de la gente sencilla que cree y se fía de Dios, abriéndosele incondicionalmente.

El Señor no desea de nosotros grandezas, ni altanerías. Quiere que seamos pastorcillos en el Belén, que durante este Adviento estemos a la escucha de los ángeles que día a día con su palabra nos anuncian una gran noticia. Pastorcillos caminemos al portal poniendo cada uno en nuestra cesta toda nuestra vida, entregársela al niño y adorémoslo. Presentarnos ante Dios sencillos, con nuestra pequeñez, hace que podamos recibir los dones de su Espíritu. Los pobres de espíritu son los que tienen la predilección de Dios.

Un niño, que coge una flor, la estruja en sus manos y se la da a su mamá con una sonrisa, provoca la ternura y el amor de ella. Así, Dios-Padre. Siendo como somos: pobres, limitados, pecadores, criaturas, al fin y al cabo, si nos acercamos a Él con transparencia y a corazón abierto, se nos revelará tal como es Él. Entonces brotará la alabanza desde nuestro corazón, con la oración alimentaremos continuamente ese amor que nos renueva cada día y nuestra vida cantará un cántico nuevo al Señor.

Señor Jesús, ¡gracias por mostrarnos al Padre, “Señor del cielo y de la tierra”! Haznos sencillos y dóciles a tu Espíritu, para acoger tu Palabra y dejar que resuene y actúe en nuestra vida. Queremos preparar tus caminos siendo instrumentos de tu paz en nuestro ambiente, para que donde imperan el egoísmo y el desamor sembremos con Cristo paz, justicia, luz, fe, dignidad, optimismo, fraternidad y gozo en el Espíritu. Amén.

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