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DIOS DE VIDA (Mc. 12, 18-27)

Los enemigos de Jesús no descansan. Hoy son los saduceos que, haciendo honor a su nombre, se dirigen con una “trampa” para poner a prueba a Jesús. Lo hacen desde la Ley del Levirato, uniendo casuística, sutileza, astucia y maldad. Y Jesús lo sabe. Por eso, al contestar, lo hace desde la perspectiva de Dios, afirmando claramente la resurrección, dado que es “Dios de vivos –en esta vida y después de ella- y no de muertos”.

Es innegable que no todo lo tenemos claro en cuanto a la forma de vivir después de la muerte. Sabemos lo fundamental, pero ignoramos los detalles. Sabemos lo que no puede ser, pero desconocemos la mayoría de los pormenores. Sabemos que la resurrección no es una reanimación como en el caso de Lázaro, sino una auténtica transformación de nuestro ser y nuestra persona en la que no caben estilos y modos que usamos normalmente en esta vida.

Lo más tranquilizador para nosotros es oír decir a Jesús que Dios, su Padre, es tan amigo de la vida que, es Dios de los que vivimos ahora y de los que ya han pasado la frontera y viven de la otra forma, no por misteriosa, menos real. Y que apuesta por la vida ahora y después, pidiéndonos que hagamos nosotros lo mismo a todos los efectos.

Para el discípulo de Cristo la fe en la vida eterna significa creer primero en la vida presente, porque toda actitud de menosprecio o rechazo de ésta cuestiona la credibilidad en aquella. La encarnación del Hijo de Dios, el asumir nuestra naturaleza de manera plena, hace notar que Jesús da valor a todo lo humano y terreno en su justa medida.

El hombre que cree en Cristo ha de ser una persona optimista, alegre, y llena de esperanza porque ama la vida y a sus hermanos, pues tiene en sí la semilla de la eternidad. Mediante una muerte diaria y continua al hombre viejo y pecador, insolidario y caduco, da alcance a la meta de la liberación final que es la vida en plenitud.

Si nuestra existencia está unida a Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

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