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DICHOSO A QUIEN EL SEÑOR LO ENCUENTRE EN VELA (Lc. 12, 35-38)

La vigilancia es la actitud propia del que vela; es lámpara que, a través de una ventana, se ve encendida a horas intempestivas de la noche esperando la vuelta del esposo o del hijo. El amor es lo que mantiene el corazón alerta, lo mismo del enamorado que vive pensando en la persona que ama que el de la madre que vela el sueño y la salud de su hijo enfermo. Así son también la fe y el amor cristiano; nunca duermen, esperan siempre anhelantes el futuro, a la espera del Señor que puede llegar en cualquier momento de la noche.

En la oscuridad luminosa de la fe tendremos que caminar los creyentes, mientras esperamos al Señor sin una angustia neurótica. La espera del más allá, no constituye para el cristiano una obsesión que crea ansiedad. Aguardar a Cristo no debe producirnos congoja, porque no es una expectación angustiosa, sino confiada. El momento imprevisible de su llegada excluye todo temor, pues no hay temor en el amor, ya que Dios es nuestro Padre y nos llama a participar en su vida por medio de Jesús.

De hecho, esperamos lo que ya poseemos en garantía por la fe, que es el fundamento de nuestra esperanza. Ésta, a su vez, mantiene y reaviva el amor, por eso el esperar cristiano es productivo, alegre, y sereno. En la “noche oscura” del sentido y del espíritu percibieron los místicos la presencia luminosa de Dios.

A los hijos de la luz, los hijos de Dios, Jesús los libera de la oscuridad y peligros de la noche tenebrosa, porque Él es la luz que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre. Por eso dijo: “El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12).

Hoy Jesús nos hace un llamado de carácter urgente a la vigilancia. La somnolencia de los discípulos sería una ocasión favorable al poder del mal. Esa somnolencia que no se deja inquietar por toda la injusticia y el sufrimiento presentes en nuestra sociedad. Esa insensibilidad que prefiera ignorar todo eso; se tranquiliza pensando que, en el fondo, no es tan grave, y así puede permanecer en la autocomplacencia de la propia existencia satisfecha. Pero esta falta de sensibilidad de las almas, tanto por lo que se refiere a la cercanía de Dios como al poder amenazador del mal, otorga un poder en el mundo al maligno

El verdadero discípulo no queda dormido ante la sociedad, frente a las injusticias, frente a las faltas del amor, frente a lo que divide y genera el odio y las discordias. Hay que recordar la escena de Jesús en el huerto de los olivos, cuando recrimina a sus discípulos porque se han quedado dormidos. No podemos ser tan cobardes ante la oración y la acción comprometida por los que más nos necesitan.

Señor, ayúdanos a tener siempre ardiendo la lámpara de la fe que Tú encendiste el día de nuestro bautismo. Alimentándola con el amor y la fidelidad cotidiana, caminaremos a su luz hacia el encuentro contigo para ser admitidos al banquete eterno de tu reino. Amén.

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