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CRISTIANOS EN ESPÍRITU Y EN VERDAD (Mt. 23, 27-32)

El evangelio de hoy es una continuación del de ayer, sigue la crítica de Jesús a los fariseos y letrados, una crítica muy severa y directa, pero cierta. Jesús no les estaba mintiendo, no los estaba calumniando, les decía sus verdades. En ocasiones es bueno que alguien nos diga en lo que estamos mal, nuestras verdades, probablemente eso nos ayude a darnos cuenta de que necesitamos cambiar.

Los oyentes y receptores de las palabras de Jesús, lo que hicieron fue excusarse, acudiendo al “si hubiera…”. ¿Cuántas veces nosotros hacemos lo mismo? Cuando alguien se acerca a nosotros para hacernos una corrección o comentarnos algo personal, lo primero que hacemos es poner una barrera, defendernos y a lo mejor dar una excusa.

Si nos ponemos a pensar, las mejores amistades se forjan en un ambiente de confianza, sinceridad y honestidad. Cuando alguien nos hace algún comentario es porque busca nuestro bien. Lo primero que debemos de hacer es escuchar, después de eso agradecer y después meditar, reflexionar que verdad hay en esas palabras que nos han hecho, y basándose en eso, tomar una decisión. Jesús hace lo mismo con nosotros, nos corrige, nos llama la atención por nuestro bien, para que seamos mejores personas y nos demos cuentas del inmenso amor que tiene el Padre por nosotros. La mayoría de las veces Dios nos habla a través de nuestros amigos, en ocasiones con otras personas, pero es necesario que tengamos los oídos abiertos para poder escuchar su voz.

No seamos esos sepulcros blanqueados como dice la palabra, hipócritas, que por fuera tenemos una muy bonita apariencia, o sea, que frente a algunos nos portamos bien, damos buena presencia, pero, en el fondo estamos llenos de podredumbre, de malas intenciones, actos egoístas, criticamos o somos malacopas. Un buen cristiano es dentro y fuera de la parroquia, en las redes sociales o en persona, a eso estamos llamados. Hagamos que Jesús cambie esas palabras de: “ay de ustedes que hicieron esto y esto…” por: “que bueno que ustedes fueron ejemplo, hablaron de mí, mostraron amor a los demás…”.

Establece, Señor, tu ley de amor y de amistad en lo más profundo de nuestros corazones rejuvenecidos, para que sepamos responderte como tú mereces, porque amarte a ti y a los demás es cumplir tu ley enteramente. Conviértenos, Señor, de la hipocresía autosuficiente, para que demos frutos abundantes de conversión. Amén.

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