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Creo… pero dame la fe que me falta (Mc. 9,14-29)

Hoy la Iglesia celebra de manera particular la memoria de san Pedro Damián, un hombre que se destacó por su vida ascética, fue consejero de los papas por su profunda vida espiritual, de ahí que sea reconocido como doctor de la Iglesia por su disciplina, valor, firmeza, templanza y vida contemplativa.

En el evangelio del día de hoy encontramos la narración de una curación que Jesús realiza a un joven que está endemoniado, el padre del muchacho ya ha acudido a los apóstoles, aquellos hombres que siguen a Cristo de manera más cercana y a los cuales él ha llamado sus colaboradores, sin embargo, estos, no han podido hacer nada para recobrarle la salud a este joven.

El padre desesperado acude a Jesús, no sin antes ponerle una condicionante si puedes hacer algo, condicionante que no hace sino manifestar que, por un lado, su confianza en Jesús no es tanta, y, por otro lado, supone que la fe que el hombre posee es muy poca, de ahí que Jesús le refiera ¿Cómo dices si puedes?, suscitando en el padre la confianza de que su hijo será curado.

Jesús antes de realizar la curación escucha del padre del muchacho, que reconoce la autoridad y el poder de Jesús, una súplica final: creo Señor, pero dame la fe que me falta, luego entonces que Jesús confirmando la fe y la confianza en él, realiza el milagro esperado, la curación tan anhelada, recordándole al padre que él es el Señor.

Ya en casa los discípulos le preguntan la razón de su impotencia, es decir, del porqué ellos no pudieron hacer nada; Jesús nos deja una sentencia final en el diálogo con los apóstoles, este tipo de demonios no sale sino a base de oración y ayuno; para recordarle también a ellos que el único Señor es él y que las condiciones para realizar los milagros son claras.

A propósito de nuestra vida diaria, podemos afirmar que hoy más que nunca necesitamos de creerle a Dios y a su Palabra, pues las promesas de Dios nunca quedan desiertas, alguien que reconoce que Jesús es su Señor, es alguien que se siente amado y querido por ese mismo Dios que todo lo puede; quien se siente merecedor de un milagro nunca es capaz de reconocer en Dios a un padre y en Jesús un hermano que nos comprende en cada parte de nuestra vida.

Así mismo, aquel que se cuestiona el porqué no puede vencer algún vicio o alguna cosa que no es del todo buena para sí mismo, debe preguntarse también como está su vida en relación con Dios, acaso ora constantemente, o lo hace de manera adecuada; trata acaso de ser fiel a la vida y misión que Dios le encargó y, por último, trata todos los días de hacer sagrada su propia vida y relación con los que lo rodean.

Pidámosle al Señor que nos conceda el amor de acercarnos a las cosas santas, y que a ejemplo de san Pedro Damián, estemos dispuestos a dar testimonio de la vida espiritual y la profunda esperanza que nos da el sabernos amados por Dios.

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