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CORRECCIÓN: UNA PRUEBA DE QUE SE AMA (Mt. 18, 15-20)

Por desgracia, el pecado es una realidad siempre presente en la vida de la comunidad cristiana. La Iglesia no es una asamblea angelical de seres impecables, sino de hombres y mujeres que, en medio de las limitaciones y flaquezas humanas, caminan juntos como hermanos hacia Dios. Por esto se vuelve necesaria la corrección fraterna como un medio de conversión.

A todos nos cuesta mucho que nos corrijan, que nos llamen la atención, incluso que nos aconsejen. Y esto a todos los niveles y en todos los estamentos. Pues bien, en este marco escuchamos hoy en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndele”. ¿Cómo hacerlo? Con mucho discernimiento: sólo “si tu hermano peca”; con mucha sinceridad: con tanta que estemos dispuestos, por nuestra parte, a ser corregidos, que el corregido note que lo hacemos porque le valoramos, no porque le “podemos”; con mucho amor: cuando la madre, con cariño y ternura, corrige, la reacción suele ser distinta, si a eso unimos el respeto y la comprensión, llegaremos más lejos; con oración: no estamos solos y, cuando corregimos, no es “para restablecer el orden” sino para hacer discípulos y crear comunidad.

La comunidad es hermandad que se expresa en el interés por la corrección y mejora de los hermanos, por la conversión continua de sus miembros, por la unión en la fe, en la oración, en el amor y en la fracción del pan. La corrección fraterna, en especial, manifiesta la sensibilidad ante el pecado de un cristiano. Por eso, un punto importante en toda celebración comunitaria de la reconciliación es resaltar la solidaridad en la culpa, en la conversión y en el perdón.

La corrección fraterna es una manifestación de la caridad, su objetivo es la recuperación del hermano, y su raíz es el amor fraterno, que es el alma de la convivencia eclesial. No hurtemos la corrección del hermano por comodidad. Sería peor todavía si, además de abstenernos, murmuramos a sus espaldas o le echamos en cara sus defectos con un tono ofensivo. Todo esto probaría que no lo amamos; porque, en definitiva, la corrección fraterna es fácil cuando existe el amor y muy difícil, por no decir imposible, cuando el amor está ausente.

Señor, es verdad que no somos mejores que los demás, pero, con tu gracia, queremos enmendarnos y mejorar, caminando juntos como hermanos hacia la conversión. Haz que nos ayudemos mutuamente en este empeño mediante la corrección fraterna que brota del amor.

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