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CONVERTIR LA CIZAÑA EN BELLAS ESPIGAS (Mt. 13, 36-43)

Muchas veces en nuestra vida no alcanzamos a ver con claridad lo que Dios nos pide o no entendemos plenamente lo que nos dice. Esta parábola, que hoy nos presenta el evangelio de san Mateo, manifiesta claramente lo que quiso explicar al mundo. Cristo quiere que cada uno de nosotros seamos la buena semilla que pertenece al Reino de Dios. Que nuestra universidad trabaje arduamente por transformar esa cizaña en buena semilla. Cuánto duele saber que muchos eligen el camino del mal y se apartan de Él; nos apena ver que efectivamente muchos se deciden por ser cizaña que ha sembrado el demonio.

Pero Dios, Creador y Dueño del campo que es el mundo, seguirá cuidando con mucha misericordia a su viña y trabajará no por arrancar la cizaña, sino para convertirla en bellas espigas que serán recogidas en la buena cosecha. Aunque en el mundo físico esto no es posible, sin embargo, Dios puede hacer esto, pero necesita también de nuestra labor.

Para nosotros esto es posible mientras hay vida y una vez llegado el momento de rendir cuentas, Dios que nos persiguió con su amor infinito, nos evaluará con su infinita justicia. Hay que tener fe, porque en nuestra vida muchas veces luchamos por lo que no vemos, pero al final veremos por lo que luchamos: por Dios y su Reino.

El Señor nos dice que el que persevere hasta el fin, ese se salvará (Mt 10, 22). Este es el llamado a la perseverancia en el bien, en ser semilla buena que da fruto abundante en el campo del mundo creado por Dios. Pero la soberbia es la que puede descomponer la buena semilla que Dios ha sembrado, porque es asemejarse al maligno que se ha rebelado contra Dios.

La cizaña será quemada en el día de la ciega. Este día final se le suele pintar con tintes catastróficos, infundiendo miedo y terror en muchos. Para quien se ha esforzado en seguir la voluntad de Dios, aun a pesar de nuestras muchas deficiencias, debilidades y errores, no puede menos que esperar la misericordia y consideración por parte de Dios. No nos preparamos para un día de temor, sino para un día de esperanza y retribución. Si pensamos más frecuente en este día de la cosecha, sabremos vivir rectamente, incluso en las derrotas si van acompañadas de una sincera lucha y un sincero arrepentimiento. Así brillaremos también en este mundo con el fulgor de los hijos de Dios.

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