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CONSAGRADOS EN LA VERDAD (Jn. 17, 11-19)

El evangelio de hoy nos ofrece la segunda sección de la “oración sacerdotal” que Jesús dirige al Padre, una larga oración de despedida, en el contexto de la última cena, antes del inicio de su pasión, intercediendo por sus amigos ante el Padre. Jesús es consciente de lo que se avecina para los suyos y quiere orar por ellos, presentarlos su Padre para que “los guarde”, para que “que sean uno, como nosotros”.

Refleja la situación de la comunidad cristiana unos años después de la muerte de Jesús, la misma que a lo largo de la historia se ha dado entre nosotros, los creyentes: la dificultad para permanecer fieles al Evangelio, para no traicionar el don recibido, para no romper la unidad.

Jesús pide al Padre que podamos ser uno, porque esta unidad, no es un añadido a la misión a la que Él nos envía, sino el rostro verdadero de ella. La efusión del Espíritu será la consagración de los discípulos en la verdad. Esta consagración da al creyente acceso a la santidad de Dios y a la alegría cumplida, plena y rebosante de Jesús glorificado. Hay dos condiciones para lograr esta meta: 1.- Mantenerse unidos los discípulos entre sí por el amor, como Cristo con el Padre y el Espíritu, pues el amor forma parte esencial de la verdad de Dios: “Padre, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. 2.- Aguantar y vencer con ese amor el odio del mundo, en medio del cual tendrán que vivir los cristianos: “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego para que los retires del mundo, sino para que los guardes del mal”.

Para testimoniar esa nueva vida de consagrado, el cristiano debe experimentarla y vivirla personalmente por la fe, pues esa nueva vida está con Cristo escondida en Dios. Con la fuerza de esa fe y vida nueva seremos capaces de transformarlo todo, dentro de nosotros y en nuestro entorno: trabajo, estudio, vida familiar, problemas personales, compromiso social, soledad, enfermedad y muerte.

¿Cómo reflejaremos al Dios que es amor, si nuestras vidas hablan de divisiones? Que El Espíritu de la verdad renueve, en este tiempo de Pascua, nuestras comunidades cristianas y nos fortalezca en la unidad.

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