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CERCANÍA (Lc. 5, 12, 16).

El relato evangélico de Lucas: curación de un leproso por parte de Jesús, demuestra que el programa de la liberación humana se encuentra ya en marcha. Esta curación es un signo de la llegada del reino de Dios y de su buena nueva, que entran en conflicto con el mal del mundo para vencerlo, liberando al hombre de toda miseria y limitación humana, reintegrándolo a su dignidad y a la comunidad de los redimidos.

En aquellos tiempos quienes enfermaban de lepra estaban condenados a vivir siempre así y sanar a un leproso era una tarea tan difícil como la de resucitar a un muerto. Y por eso eran marginados. Sin embargo, Jesús tiende la mano al excluido y demuestra el valor fundamental de una palabra: cercanía.

No se puede hacer comunidad sin cercanía. No se puede hacer paz sin acercarse, ni se puede hacer el bien sin acercarse. Jesús podía haberle dicho: ¡sánate!, y punto. Pero no, se acercó y lo tocó. Para nosotros, cosa de nada tocar a un enfermo, para ellos, en el momento que Jesús tocó al impuro se “convierte en impuro”.

Este es el gran misterio de Jesús, tomar consigo nuestras suciedades, nuestras cosas impuras. Pablo lo explica bien: “Siendo igual a Dios, no estimó esta divinidad un bien irrenunciable, se aniquiló a sí mismo. Jesús se hace pecado. Jesús se excluye, ha tomado consigo la impureza por acercarse a nosotros”.

Jesús se manchó, signo de cercanía. Y después va más allá. Le dijo: “Ve donde los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es sanado”. Al que era excluido de la vida social, Jesús lo incluye: lo incluye en la Iglesia, lo incluye en la sociedad. “Ve para que todas las cosas sean como deben ser”. Jesús no marginaba nunca a nadie. Se marginaba a sí mismo, para incluir a los marginados, para incluirnos a nosotros, pecadores, marginados, con su vida.

Elegir practicar el evangelio y las bienaventuranzas de Jesús en estos días supone optar por la incomprensión del mundo. El discípulo de Cristo habrá de afrontar zancadillas, juego sucio, represión, por parte de los que abusan del poder. Esa fue la suerte por la que pasó Jesús de Nazaret.

Una de las tareas más urgentes para nosotros, los que formamos parte de la comunidad creyente, es ser conciencia crítica de la sociedad. Realmente se diría que Jesús nos la ha puesto difícil. Pero Él nos ayuda y actúa en nosotros con la eficacia y dinamismo de su Espíritu, que es don de fortaleza y decisión. Este es el fundamento de la esperanza de nuestra vocación y misión cristianas; es también el secreto de nuestra fidelidad a la opción por Cristo y su evangelio.

Cordero de Dios que cargaste con nuestras maldades, danos la victoria de la fe sobre el mal del mundo, para que, con la fuerza del Espíritu, asumamos decididos los riesgos que conlleva la fidelidad al evangelio. Amén.

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