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¡ÁNIMO, NO TENGAS MIEDO! (Mt. 14, 22-36)

La imagen de la barca de los discípulos azotada primero por el mar y llevada a puerto firme después, gracias a Jesús, es un símbolo clásico de la Iglesia. Al redactarse este evangelio, la Iglesia de los primeros tiempos tenía ya ciertas experiencias de las dificultades en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo. Experiencia suficiente, aunque corta si la comparamos con la que hoy tenemos después de veinte siglos.

Este evangelio tiene validez en todo tiempo, tanto en la trayectoria comunitaria como personal de los creyentes, por tratarse de una lección de fe ante las crisis, las dudas y los fantasmas del miedo. Cuando los signos de Dios se oscurecen en nuestro entorno es porque fallan el amor y la amistad en el mundo, la fidelidad en el matrimonio, el respeto a la vida, la justicia y los derechos humanos en la sociedad; cuando el bien y la verdad parecen huir ante el empuje del mal y de la mentira; cuando nos golpean con rudeza la enfermedad, los accidentes y la desgracia, entonces inevitablemente se nos hace más difícil seguir creyendo en Dios y en los hombres.

Surgen las crisis de fe, la duda sobre Dios y la desesperanza ante la casi imposible fraternidad humana; nos ronda el miedo, aparece el desánimo, nos llega la desconfianza en el futuro. Todo esto es señal inequívoca de una fe débil, que queda a la intemperie y sin raíces, tanto en los jóvenes como en los mayores.

Es cuando necesitamos hablar con Dios en el silencio de la oración para superar la tentación de abandonar, como ora Jesús en la noche de la tormenta y como grita el apóstol antes de hundirse. En medio de la noche confiemos en Dios perdidamente, prescindiendo de nuestras “razonables” seguridades. Sin querer arriesgar nada, atenazados por el fantasma del miedo, no se puede ser cristiano.

¿Por qué dudamos de que Dios está con nosotros, aun en medio de esta terrible pandemia que sigue asolando y que tanto sufrimiento, dolor, desconcierto y angustia está provocando a la humanidad? ¿No está Él, en medio de toda esta situación para que aunemos esfuerzos, voluntades, iniciativas, caigamos en la cuenta de que todos somos pobres, vulnerables, nos necesitamos y de que, si acogemos a Jesús en nuestra barca, la tempestad amainará y llegará la calma?

Hemos de tener fe en su persona, en su palabra, en su poder y en su divinidad. Los apóstoles así lo reconocieron, a pesar de sus temores y luchas, y así lo proclamaban e iban de ciudad en ciudad anunciando la buena noticia de Jesús, la salvación y liberación que trajo a todos.

¿Seremos capaces los cristianos del siglo XXI de seguir viviendo la fe con alegría, poniendo los ojos en el único que nos trae la salvación y nos da la verdadera vida, produciendo frutos de fraternidad, entendimiento, respeto y amor?

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