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AMAR COMO DIOS NOS AMA (Lc. 6, 39-42)

El juzgar a los demás condenándolos, es la señal inequívoca de intolerancia; ésta, a su vez, nace de la soberbia que nos impide vernos como somos y nos hace creernos mejores que los otros. El juicio sobre los hermanos no nos toca a nosotros, sino a Dios, de quien hemos de imitar su paciente comprensión de los fallos humanos.

Debemos aprender a querer a los demás lo mismo que Dios nos ama a todos, nos acepta como somos, nos comprende y nos invita a la conversión. Es evidente el atractivo y el testimonio cristiano de un rostro sereno, comprensivo y tolerante, a diferencia de un gesto duro y una actitud inquisitoria.

En amar se resume toda la ley de Cristo. Por tanto, con amor y simpatía hemos de perdonar los defectos ajenos y valorar en los demás sus cualidades. Aunque nadie tiene todas las virtudes, cada uno sobresale en alguna, y no olvidemos que también nosotros tenemos fallos que molestan a otros y, sin embargo, queremos que éstos nos comprendan, como de hecho lo hacen.

Todos tenemos “paja y vigas” en nuestros ojos. Todos cometemos fallos menores y mayores. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Esto nos debe hacer más comprensivos con los errores de los demás y acercarnos a ellos nunca en actitud de superioridad. Hemos de acercarnos en situación de igualdad, y desde ahí luchar para dejar entrar en nuestros corazones el amor que Jesús nos brinda, a fin de que vaya borrando nuestras pajas y vigas, todo lo que nos hace daño y oscurece nuestras relaciones fraternas.

San Agustín, en torno a la corrección fraterna, llega a decir: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás”.

Dichosos los misericordiosos que perdonan y comprenden y aceptan al hermano tal como es, porque ese es el proceder de Dios con nosotros. Danos, Señor, ojos limpios para ver lo bueno, es decir, tu imagen, en el rostro del hermano, para creer en los otros y para amar la vida con un corazón grande como el tuyo. Amén.

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