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AL DIOS DESCONOCIDO (Hch. 17, 15. 22-18, 1)

Podemos percibir cómo nuestra sociedad actual ha ido formando una enorme cantidad de personajes, casi todos ellos hombres “famosos”, hasta convertirlos en héroes; lo hemos visto con deportistas, artistas, cantantes, blogueros, entre otros. ¿Cuál ha sido su visibilidad en el tiempo de pandemia, dónde están esos héroes? La actual pandemia nos ha llevado a fijar nuestra mirada en el personal de salud como los actuales héroes, una mirada en gran parte merecida ciertamente. Sin embargo, me pregunto, ¿cuánto les durará tal alabanza? a aquellos que incluso tuvieron que pedir medidas extraordinarias de protección por el maltrato que reciben de un sector de la sociedad.

El Dios desconocido, al que negamos con tanta facilidad y de manera exagerada, Jesucristo muerto y resucitado, el Dios de la alegría y la ternura, sigue pasando por nuestra vida con su mensaje de paz y perdón; busca ser encontrado también por esta sociedad, que siente fragilidad y miedo. El Dios de Jesucristo es el que impulsa cada paso hacia un nuevo despertar, pero hoy es el gran desconocido, en medio de tantos dioses insignificantes, pero exageradamente idolatrados.

Nosotros, que decimos ser creyentes, deberíamos preguntarnos, ¿qué significa para nuestra vida la confesión de fe en la resurrección de Jesús y cuáles son las consecuencias que ella tiene? Temo, a veces, que la fe se nos ha anunciado como un “paquete” similar a los turísticos “todo incluido”, y que tal vez así es como la hemos aceptado. Hay personas que, creyendo, sienten un vértigo inevitable al tratar de abordar el tema de la resurrección de Jesús. Se sale de todos los parámetros que podemos manejar, comprender, captar y tal vez preferimos pasar de largo, como de puntitas, sin terminar de plantearnos lo que significa que ¡Él resucitó y está vivo!

Podemos hasta celebrarlo con alegría, pero sin abandonarnos del todo, con esa especie de recelo que nos produce lo que no podemos controlar, lo que desborda todas nuestras posibilidades. Y sin embargo, el definitivo de Dios a Jesús es la gran posibilidad de nuestra vida, lo que reconocemos, desde la fe, como el sentido de la misma, lo que la dota de una perspectiva absolutamente extraordinaria, de una promesa de plenitud que envuelve desde su inicio cada vida y que, aunque parezca truncarse, recibirá cumplimiento.

Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetras las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos.

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