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Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-34)

“Ningún otro amor se compara al de una madre”, tener una madre es esencial para el género humano, para cada hombre y aun para Dios que la necesitó al encarnarse. Así también la Iglesia es madre, porque realiza, en nombre de Jesús, la tarea maternal con cada uno de nosotros, miembros de ella. Celebramos hoy la memoria de la “Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia”. El papa Francisco, considerando la importancia del misterio de la maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia, peregrina en el tiempo, ha establecido, con decreto del día 11 de febrero de 2018, que, el lunes después de Pentecostés, la memoria de María Madre de la Iglesia sea obligatoria para toda la Iglesia católica.

Hace apenas unos días celebrábamos el Día de las Madres, de manera diferente por el confinamiento, y pudimos valorar el tiempo que hemos vivido con ella y que quizá no hemos aprovechamos al máximo. Jesús al pie de la cruz, nos da a María, como Madre, al entregársela al discípulo más joven, se la encomienda a todos sus discípulos y seguidores, para que la acojan, y acudan a la escuela de María, haciéndola Madre de la Iglesia.

Cristo asciende al Padre, pero Él no nos deja solos, nos envía al Espíritu Santo y nos entrega a su Madre como nuestra, por eso con confianza, sencillez y humildad debemos acercarnos al seno maternal de María, pues, ¿qué dolor hay que una madre con su amor y ternura no pueda sanar? Una madre nos perdona y consuela aún que fallemos una y mil veces, es ese ser que estará ahí incondicionalmente para interceder por nosotros.

Es mucho lo que los cristianos tenemos que aprender de nuestra Madre, la bienaventurada Virgen María. Ella nos enseña a confiar, a hacer de nuestra vida un hacerse, y buscar la voluntad de Dios. La grandeza de la obediencia, que siempre es lo que agrada a Dios; buscar lo que Dios quiere, dejando de lado la soberbia, grandeza o prepotencia. Dios se ha fijado en su pequeñez, el camino es el de la humildad, empequeñecimiento, austeridad, con prontitud para servir y con urgencia por el amor, en gratitud, a ser fuertes y permanecer de pie ante las adversidades, como la que ahora mundialmente estamos viviendo.

Un hijo aprende las virtudes y valores de una madre, hagamos el esfuerzo por que cada día podamos imitar un poco más a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, y ponerlo en práctica en bien de nuestra sociedad, ante nuestra realidad y en las circunstancias concretas que ahora nos toca vivir.

Jesús, aunque experimente dificultades y problemas, situaciones de sufrimiento y dolor, momentos difíciles de comprender y de aceptar, siguiendo el ejemplo de María, tengo la seguridad que todo tendrá una razón y un sentido. Sin embargo, soy débil para ofrecerte que quiero ser purificado en el dolor… simplemente sé y confío en que me darás lo que necesito para entrar un día en el cielo, ¡gracias Padre mío!

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