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ADORACIÓN EN ESPÍRITU Y EN VERDAD (Mt. 12, 1-8)

Jesús nunca negó la validez de un día consagrado al Señor mediante el culto y el descanso. Es el tercer mandamiento del decálogo. Pero el domingo cristiano, que celebra la resurrección de Jesús, vino a dar plenitud al sábado judío, liberándolo del formulismo estéril. En su controversia con los fariseos sobre la observancia del sábado, lo mismo que en su respuesta a la samaritana sobre el lugar del culto, Cristo se pronuncia por la adoración en espíritu y en verdad, es decir, por la religión purificada de ritualismos muertos, por el culto vivo y nacido de la fe.

La fe no debe quedar en una experiencia meramente intimista y sin proyección exterior y comunitaria. Esa adoración que Cristo quiere, si bien, no se circunscribe y limita a lugares y tiempos, formulas y ritos; necesita, sin embrago, un ámbito externo de manifestación en comunidad que celebre su fe y alabe a Dios. Es lo que hacemos en la liturgia dominical y diaria. Esto es algo connatural a nuestra común vocación en Cristo para formar un pueblo que confiese a Dios en la verdad y le sirva santamente.

El auténtico creyente ha de ser personalmente consciente de su fe y poner toda su existencia en manos de Dios, renunciando a las falsas garantías rituales y mágicas como a una moral farisaica y antropocéntrica, que supuestamente le aseguren la salvación, como pretendían los fariseos con la observancia del sábado.

Cristo Jesús es nuestro modelo. Él fue el gran adorador del Padre en espíritu y en verdad. Como Él, hemos de llevar el culto a la vida y llevar la vida al culto, asumiendo la dimensión religiosa de toda nuestra experiencia personal, familiar, laboral y cívica; aun manteniendo su carácter secular autónomo.

El amor de Dios compartido entre todos y por todos es prevalente siempre en la religión que pretenda dar culto al Dios de Jesús. Y si no es así, es culto vacío, inútil, farisaico. Y sobre tal extremo estamos advertidos con claridad por nuestro Maestro.

Glorificado seas, Padre, porque Cristo nos liberó de la esclavitud de la ley para vivir en la libertad de los hijos de Dios que se dejan guiar por tu Espíritu. Concédenos seguir su ejemplo por la obediencia de la fe, para poder celebrar contigo tu eterno día de fiesta. Amén.

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