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ACTO SUPREMO DE AMOR (Jn. 6, 52-58)

Los cristianos creemos en la presencia real de Cristo en las especies sacramentales, pero los que no tienen fe no ven más que un trozo de pan y un poco de vino. Sólo desde la fe se puede descubrir esta verdad que confunde a la razón, y acercarse a recibir la sagrada comunión sabiendo que es: “medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”, como escribió San Ignacio de Antioquia. La comunión no es sólo alimento para el alma que camina hacia Dios, sino que prenda de la vida eterna y anticipo del Cielo.

Participar en el banquete eucarístico, lo que llamamos comúnmente ir a Misa, no es una práctica religiosa más. Jesús es bien claro al enumerar los frutos extraordinarios que se producen en el alma al recibir la comunión: tendremos vida en nosotros, permaneceremos unidos a Él, nos resucitará el último día, viviremos para siempre. La Eucaristía no debe ser ni “una obligación a cumplir”, ni una práctica rutinaria, sino una necesidad para cada cristiano. Jesucristo, con su Cuerpo y su Sangre, viene a saciar el hambre y sed más hondos de nuestra vida. Podemos compartir nuestro testimonio, diciendo que ser invitadas todos los días al banquete de la Eucaristía es el tesoro más grande de nuestra vida, ¡todo un privilegio!

“En la Eucaristía, que es el precioso alimento para la fe, se da el encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida. En la Eucaristía confluyen los dos ejes por los que discurre el camino de la fe. Por una parte, el eje de la historia: la Eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad al futuro, de anticipar la plenitud final. La liturgia nos recuerda el «hoy» de los misterios de la salvación. Por otra parte, confluye en ella también el eje que lleva del mundo visible al invisible” (Papa Francisco).

Y esto que sabemos y creemos se tiene que notar en nuestras caras. Durante la celebración de la Eucaristía nuestros rostros debieran estar radiantes de alegría; y al salir a la calle e incorporarnos a nuestra cotidianidad ser portadores de la alegría de quien ha recibido el mejor regalo. Que quien nos vea tenga deseo de saber de dónde venimos.

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