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A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS (Mc. 2, 18-22)

Al inicio de la segunda semana del tiempo ordinario, el evangelio nos presenta a Jesús siendo cuestionado porque sus discípulos no siguen rigurosamente las prácticas judías, como lo hacen, por ejemplo, los discípulos de Juan.

Cuando por el caminar de la vida tenemos la oportunidad de encontrarnos verdaderamente con Jesús, comienza una transformación sin retorno. El giro que da la vida puede partir de una situación dolorosa, milagrosa, reconfortante o de inmensa alegría; que nos sacude por completo y nos abre los ojos para contemplar la presencia de Dios que sale a nuestro encuentro. No existe una persona que, al acercarse con corazón dispuesto para Dios, se mantenga igual después de recibir a Cristo.

Me viene a la mente la vida de san Pablo, un judío de hueso colorado que perseguía a los cristianos. Por el camino se encuentra con Jesús mientras dolorosamente se cae de su caballo y pierde la vista. Una vez sanado se vuelve un apasionado seguidor de Cristo y evangelizador.

Seguramente hemos tenido muchos encuentros con Dios: en la oración, durante algún suceso, por medio de personas, gracias a los sacramentos, etc. Pero la mayoría de las ocasiones el encuentro se vuelve estéril, no porque Dios no quiera actuar, sino porque dejamos que nuestro viejo odre reciba la nueva gracia de Cristo, misma que dejamos caer al suelo.

Jesús viene a colmarte de bendiciones, a llenarte de Él. Así como no quitó ninguna ley judía tampoco viene a quitar aquello que verdaderamente te identifica: tu esencia. Cristo plenifica la ley, le vuelve a poner el verdadero sentido. Del mismo modo, cuando viene a ti es para hacerte una persona plena.

Hoy el evangelio nos pide dos cosas: buscar encontrarnos con Dios, teniendo una vida dispuesta, y permitirnos permitirle actuar. Haz la prueba, te darás cuenta cómo tu manera de ver la vida es muy diferente gracias a que Dios siempre busca oportunidades para llenarte de su amor.

Ahora bien, no permanezcas indiferente, deseando ser como antes lo eras, porque entonces el odre de tu vida terminará por desparramar lo que de Dios viene para darte paz e iluminar a los demás.

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