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A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS (Lc. 5, 33-39)

No es de extrañar que por ser el ayuno uno de los mejores exponentes de la religiosidad para el piadoso judío, sobre él versen no pocas de las cuestiones que escribas y fariseos dirigen a Jesús. Y más cuando, al parecer, sus discípulos no ayunan.

El Maestro aprovecha la ocasión para dejar bien claro cuál es el perfil del Reino de Dios, el proyecto siempre comparado con un banquete nupcial donde la tristeza no cabe en la fiesta. Porque no nos salvará ni el ayuno ni cualquier otra práctica religiosa por respetables que sean, sino la presencia entusiasta del esposo, Jesús el Señor.

El único dolor permitido, si cabe esta expresión, es el que produce su ausencia. Jesús es la mejor garantía de que lo nuevo está presente con nosotros, como vino nuevo y, por tanto, la antigua alianza no puede hacer valer sus leyes. Toda la alegre esperanza que en su momento expresaron los profetas se expresa a la perfección en Jesús.

Por eso, bien haríamos las comunidades en comprometernos, a pesar de las ciertas y sangrantes llagas de nuestro mundo, en vivir un seguimiento del Maestro con jovialidad, con el mejor estilo; bien convencidos de que la fuente de nuestra alegría, la tensión de nuestra constancia y el encanto de nuestro mensaje está en el Evangelio de Jesús y en Jesús como evangelio. Dejemos, pues, que el Señor y su Espíritu hagan nuevas nuestras pobres presencias, y demostremos que el pueblo de Dios sigue siendo de su exclusiva propiedad.

Nuestros ayunos y desvelos tienen que venir de nuestro querer seguir a Cristo, el que nos señala el camino para lograr vivir nuestra vida con abundancia de vida y de gozo. Cada día de nuestra existencia renovamos nuestro íntimo deseo y le decimos a Jesús: “Te seguiré a donde quieras que vayas”. Le tenemos que pedir que seamos fieles a la palabra dada.

La novedad de nuestra Iglesia, ¿dependerá de nuestros modos y métodos pastorales o de la persistente referencia al Evangelio de Jesús?

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