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¡A EMPAPARNOS TODOS! (Is. 55, 10-11)

Si miramos con ojos pesimistas a la humanidad, podremos pensar que la Palabra de Dios ha fracasado. Él ha tratado siempre de demostrar su amor al hombre y éste le ha traicionado constantemente. Pero, la sabiduría de Dios, manifestada a los hombres como palabra, va caminando, germinando y dando frutos a pesar de la soberbia del propio hombre que, deslumbrado por su conocimiento, se cree autosuficiente para prescindir de Dios y comienza por decretar su muerte o, cuando menos, su inoperancia, su lejanía y olvido del hombre.

Sin embargo, Dios sigue siendo, en el silencio, la fuerza fecundante. Puede que la lluvia nos moleste y protestemos si se presentan varios días lluviosos, pero la tierra regada por esa lluvia molesta, termina regalándonos el esplendor de la hierba, la belleza de las flores y el milagro de los frutos que nos sirven, directa o indirectamente, de alimento. La Palabra de Dios es para nosotros esa lluvia que nos da vida y alimenta nuestro espíritu.

Hemos comenzado este camino hacia la Cuaresma, un camino de preparación para acompañar a Jesús. Y qué mejor que comenzar el camino en oración. Así nos lo va diciendo Isaías en la lectura de hoy, donde nos ponemos a la escucha de Dios para empaparnos de su palabra, gustarla, vivirla, sentirla, darla, así como la lluvia cae del cielo.

El profeta nos habla de un Dios bueno, misericordioso y preocupado por sus criaturas. Nos adelanta el Misterio de la Salvación ya anunciado tras la expulsión del Paraíso. Cristo baja a la tierra como esa lluvia que fertiliza los campos, los renueva y hace que den fruto. Nosotros somos la tierra (recordemos la parábola del sembrador) y debemos estar preparados para recibir esa lluvia que nos envía el Padre. Y esa lluvia es Cristo resucitado, el que nos da la vida y viene a nosotros con los brazos abiertos. Tenemos que estar alerta, expectantes como las vírgenes prudentes, con nuestra lámpara encendida. El alma del hombre es la tierra donde germinará la Palabra de Dios y dará fruto.

En este tiempo de Cuaresma hagamos el propósito de leer cada día las Escrituras, meditarlas y aplicarlas a nuestra vida cotidiana. Dios nos busca, busca nuestra tierra, y nosotros somos quienes debemos dejar sembrar en nuestro corazón su semilla y empaparnos por esa lluvia que nos envía, y dar fruto. Que su palabra inunde nuestro corazón para que salga por nuestra boca y dejar que el fruto crezca.

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