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Una invitación a mirar con otros ojos qué entendemos por belleza

Fátima Estefanía Arana Martínez – Estudiante de Bachillerato

¿Qué es la belleza? ¿Qué se supone que es lo bello y lo que no? ¿Quién eres tú o cualquier persona para proclamar que tal cosa es bella y tal cosa es horrenda? Y claro que todos tenemos puntos de vista diferentes, pero hay una gran diferencia entre decir que es tu opinión y, ojo, que tu opinión tampoco suene como un discurso de odio, como, por ejemplo: “Ay, esas mujeres que se cortan el cabello como hombres parecen unas machorras” o “Mira qué asquerosa se ve esa con las piernas todas peludas y el cabello todo azul; ha de ser una de las feministas, esas”. Como si ser tú misma fuera un delito puro. Ahí se ve claramente la diferencia entre expresar tu opinión de forma respetuosa, por así decirlo, y decirlo de una manera denigrante para la persona.

Hoy principalmente me quiero enfocar en nosotras, las mujeres, y en todos esos estándares de belleza que se nos inculcan desde que somos muy pequeñitas. Sin darnos cuenta normalizamos ese horrible comportamiento y lo fomentamos con nuestras personas queridas como si fuera algo normal, porque claro, eso siempre ha estado dirigido y normalizado para nosotras específicamente.

En mi experiencia personal, yo en mi familia nunca sufrí de esas injusticias sobre tener que encajar en un estándar de belleza específico. Y algunos de ustedes se preguntarán: “¿Pero qué madre o padre enfermo le inculcaría comportamientos de trastornos alimenticios o comentarios sobre la imagen de su hija desde muy pequeñita?”. Pues para sorpresa de nadie, muchos padres han hecho eso y lo siguen haciendo. Y sí, a veces son comentarios muy directos como: “Hija, ya párale al pan, mira cómo te estás poniendo”, o “Si sigues siendo así de tragona nadie te va a querer”, “Tranquila, que la comida no se va”. Entre muchos otros comentarios que, aunque para esos padres suenen tan normales porque crecieron así, a sus hijas les pueden provocar problemas muy serios con la comida, con ellas mismas y con cómo se relacionan con los demás.

Por ejemplo, compararse con muchas otras mujeres, con modelos que ni siquiera parecen de este mundo —como muchas niñas pensarían por lo delgadas que pueden llegar a ser—, o simplemente compararse con sus amigas. Esto es muchísimo más común de lo que cualquiera pensaría; creo que les pasa por lo menos al 99% de las niñas, y no siempre porque esos comentarios se los digan sus padres, sino porque ahora, con la tecnología y las redes sociales, en aplicaciones como TikTok o Instagram se pueden ver videos de chicas hermosas y delgadas, tan bellas que llamarían la atención por donde quieran que vayan. Y estas niñas, al ver estas referencias de mujeres más grandes que ellas, piensan cosas como: “Ay,

cómo quisiera estar así de delgada”, “¿Por qué no me puedo ver así?”, “Todo sería más fácil si pudiera verme como ella”.

 

Estos pensamientos pasan una y otra vez por la mente de estas jovencitas, y lamentablemente pueden llegar a tomar control sobre su vida y estabilidad emocional. Control sobre cómo se relacionan con los demás, con una inseguridad que a veces no se puede ocultar. Por ejemplo, cuando sus amigas hablan de cosas como: “Este año sí me pongo las pilas”, “Ya no voy a tragar tanta cochinada”, “Me voy a medir con lo que como y desayunar puras frutas”. Y no me malentiendan: no tiene nada de malo querer cuidarse. Pero muchas veces se nota la intención: un miedo horrible a ser gordas, o ni siquiera gordas, sino un poco llenitas. Y no por salud, sino por miedo a ser juzgadas por sus amigas o criticadas por la gente.

Este comportamiento está normalizado entre amigas, y algunas desarrollan trastornos alimenticios, como vomitar después de comer “mucho”. Por suerte no es el caso de mis amigas, pero es más común de lo que creen, y más en la adolescencia. Se preguntan entre ellas si se ven gordas con cierta prenda, si una ropa no esconde su figura, qué pueden hacer para verse “mejor”. Y repito: no tiene nada de malo preocuparte por tu imagen, pero es preocupante cuando estos pensamientos son tan recurrentes que toman el control de tu vida.

De igual manera, se nos ha enseñado que debemos vernos bien para los hombres o para conseguir un novio. Aquí hay dos cosas preocupantes: la primera, asumir las preferencias de tu hija; la segunda, inculcarle que debe esforzarse para verse bien para “el hombre de sus sueños”. Y no, no es así. Quien te ame, te amará de la forma más linda y sincera posible: tal y como eres, sin prejuicios ni comentarios negativos hacia ti. Así debe ser. Aunque el físico importa —porque es lo que nos atrae al inicio— cada persona tiene gustos distintos, tanto de personalidad como de apariencia.

Volviendo al tema de los estándares: ¿cuál sería el precio que pagarías por la belleza extrema? Casi hasta que te consideren un estándar social: que la gente te vea como alguien exitoso, admirable, con dinero. Pero internamente peleas con tus conflictos, con tus problemas familiares, con la ansiedad de mantener esa imagen “perfecta”. Y claro, a nadie le importa si por dentro estás rota, siempre y cuando sigas cumpliendo con el estándar.

Ese es el precio que muchos pagan: su propia vida y libertad. Personas que ya no pueden vivir cómodamente porque siempre están preocupadas por cómo se ven. No está mal arreglarse; me refiero a quienes convierten su apariencia en su prioridad absoluta. Btox, cirugías, maquillaje, ropa que ni siquiera les gusta. Todo

esto lo usan para mantener una imagen que, claramente, también destruye mentalmente. Aunque parezca que todo está bien por fuera, muchas personas sienten que sin maquillaje o bótox no son nada, y eso también es una forma de morir —lenta, pero lo es.

Pero aquí la verdadera pregunta es: ¿de dónde vienen estos prejuicios y estándares sociales? Como su nombre indica, de la sociedad. Pero esta sociedad construyó esas ideas a través de los medios de comunicación. Antes eran periódicos, anuncios… por ejemplo, en 1915 se promocionó por primera vez una depiladora. No era por necesidad —realísticamente, tener vello corporal no afecta en nada—, sino marketing. Decían que era para que no te diera vergüenza levantar los brazos o usar vestidos. Y sí, dirigido principalmente a mujeres. Siempre hacia nosotras.

Esa depiladora era puro marketing, además de dolorosa. Y aun así se sentía como una obligación. Si no la usabas, no eras considerada higiénica, bonita o decente. Hoy en día sigue siendo igual. Cuando la gente ve a una mujer con las piernas peludas, actúan como si vieran al mismísimo diablo. Aunque no digan nada, su expresión lo dice todo.

Entonces, ¿por qué seguir reforzando estándares que solo causan malestar, dolor físico y emocional? Estándares que hacen que te sientas miserable por no cumplir lo que se impone. ¿Por qué vivir así? ¿Por qué no dejar de fijarnos tanto en todo?

Escribo esto para crear conciencia. Conciencia de lo que todo esto provoca, especialmente en esta etapa de adolescentes. Quiero que todas las chicas de preparatoria UNIVA puedan expresarse como quieran, que se maquillen como quieran, que se sientan seguras en su cuerpo y persona. Y aunque sea difícil no compararse, quiero que sepan que deben luchar para que esta idea atrasada no siga impregnada en la sociedad. Que podamos expresarnos libremente a través de nuestros gustos, vestimenta y personalidad. Que no sintamos que, por no encajar en un estándar de belleza, no podemos vivir en paz.

Tú, mujer, puedes hacer y crear todo lo que te propongas. Aunque suene cliché, lo digo en serio. Es difícil luchar con pensamientos que te sabotean, pero si cuentas con redes de apoyo —profesores, amistades, familia— tendrás un hombro donde recargarte. Y no solo eso: tú misma serás capaz de lograrlo y más. Sé que todas tienen aspiraciones, pasiones y deseos que quieren alcanzar, y sé que podrán lograrlos exitosamente.

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