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RELACIONES LÍQUIDAS EN TIEMPOS SÓLIDOS: UNA MIRADA DESDE LA PSICOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

Omar Alejandro Varela Zavala – Coordinador de Investigación de UNIVA La Piedad

En la actualidad, estamos tan inmersos en el consumismo básico y fugaz que dejamos de lado las emociones con bases sólidas y duraderas. Lo pasajero se ha convertido en norma: cambiamos de dispositivos, de trabajos, de entretenimiento… y también de personas. Este fenómeno, conocido como “relaciones desechables”, refleja una forma de vincularse que privilegia la gratificación rápida sobre la construcción profunda, como si hoy en día buscáramos relacionarnos por medio de efectos placebo: queremos satisfacción a corto plazo sin ningún tipo de complicaciones.

Pero, ¿qué son las relaciones desechables?

Las relaciones desechables son vínculos interpersonales —afectivos, románticos o incluso amistosos— que se caracterizan por su fragilidad emocional y su corta duración. Son relaciones que se viven con intensidad, pero sin un compromiso sólido ni una responsabilidad afectiva. Cuando surge la incomodidad, la diferencia o el aburrimiento, se opta por “descartar” al otro en lugar de enfrentar el conflicto o buscar comprensión.

En términos psicológicos, este tipo de relación se sostiene en la cultura de la inmediatez, donde el vínculo se concibe como un producto de consumo: algo que debe “servir” para sentir placer, compañía o validación momentánea, pero que, a su vez, viene con fecha de caducidad.

Causas: la cultura del descarte

1. La digitalización de los vínculos: Las redes sociales y las aplicaciones de citas han facilitado el contacto, pero también la sustitución. Hoy basta un clic para “conectar” o “desconectar” de alguien, lo que debilita la percepción de compromiso y continuidad. Nos creamos una expectativa de perfección, pues es lo que buscamos mostrar y encontrar a través de medios digitales.

2. El miedo a la vulnerabilidad: En una sociedad donde mostrarse sensible puede interpretarse como debilidad,

muchas personas optan por relaciones superficiales que no las expongan emocionalmente.

3. La sobrevaloración de la autonomía: El discurso moderno sobre la independencia afectiva, malinterpretado, puede llevar a evitar el compromiso por miedo a “perder libertad”, cuando en realidad los vínculos saludables amplían la experiencia de ser libre. Como si enamorarse significara depender de alguien, nos olvidamos de que amar o querer es más una decisión que un sentimiento.

4. El consumismo emocional: Se internaliza la idea de que las personas deben “satisfacer” necesidades emocionales del mismo modo que un producto satisface una necesidad material. Cuando ya no “funciona”, se desecha.

Consecuencias: vínculos frágiles, vacíos profundos

Las relaciones desechables generan una sensación de vacío y desconexión emocional. Al no haber procesos de elaboración ni cierres significativos, las personas acumulan vínculos inconclusos, experiencias que no maduran y heridas no reconocidas. Se potencia la repetición de patrones y entramos en un círculo vicioso donde pensamos que cada relación será igual cuando se repite, porque seguimos buscando lo mismo, en el mismo lugar.

En los jóvenes universitarios, este fenómeno se asocia con ansiedad relacional, dificultades para establecer confianza y un aumento en la soledad emocional. Paradójicamente, en un mundo hiperconectado donde aparentemente tenemos todo a nuestro alcance, cada vez nos sentimos más solos y vacíos.

Una mirada reflexiva: reconstruir el valor del vínculo

Superar esta dinámica implica recuperar el sentido del encuentro humano. Significa detenerse a mirar al otro no como un objeto de gratificación, sino como un ser con historia, emociones y límites; quererle con libertad y no por miedo a quedarse solo, como si fuera un puesto vacante que debe ser cubierto.

Cultivar relaciones significativas requiere querer compartir tiempo, presencia y vulnerabilidad. Requiere también aceptar que el conflicto no destruye el vínculo, sino que lo fortalece cuando se maneja con empatía y responsabilidad, pero, sobre todo, hacerlo con conciencia.

En palabras del psicólogo Paul Watzlawick, no se puede no comunicar: incluso cuando evitamos o desechamos, estamos comunicando algo de nosotros mismos. Tal vez sea momento de preguntarnos qué estamos comunicando con esta forma de vincularnos y si realmente refleja el tipo de humanidad que queremos construir.

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