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Mamás vírgenes y su maravilla: El puesto de gelatinas y el 10 de mayo

Mtro. Juan Manuel Madrigal Miranda · Docente UNIVA Uruapan

 

Ayer 10 de mayo, después de dormir en Uruapan como hago en estas ocasiones, voy por la mañana a algún mercado local tradicional para tomar jugos frescos de frutas, ambientados por el maravilloso colorido de estos lugares y su magia, además del gusto de saludar a amistades.

En uno de estos mercados, después de los jugos me dirigí a tomar una gelatina (colágeno). Confieso que soy platicador, me gusta entablar diálogos. Quien atiende el sencillo y pequeño establecimiento de gelatinas es una mujer, la señorita Roselia, de unos 65 años de edad, nació en Puruándiro, Michoacán. De papá, pequeño agricultor, fueron ocho hermanos, cuatro mujeres y cuatro hombres, pero solo sobrevivieron seis. Ella fue la de mayor edad. Un día, a la edad de 15 años, vino de vacaciones a Uruapan para estar de visita con un tío y su familia.

Se le ocurrió que podría vivir en Uruapan con esta familia, con el fin de trabajar y ayudar a sus papás económicamente, pues cada vez les era más difícil sobrevivir. Se realizó la idea y se trajo a sus hermanos menores con ella. Los mantuvo trabajando en el servicio doméstico, lavando ropa, planchando; aprendió corte y confección y agregó eso a su esfuerzo de vivir. En la vecindad donde radicaba, una amiga le enseñó a hacer gelatinas.

Así, empezó a vender gelatinas con rompope en el original mercado de San Francisco, que se ponía en la calle Tejeda y su continuación hacia la calle Juárez. Posteriormente, el mercado pasó a donde actualmente se ubica (calles Álvaro Obregón y Francisco Villa). En este mercado lleva más de 50 años vendiendo sus gelatinas. Con este oficio sostuvo a sus seis hermanos, para luego traerse también a sus papás.

Roselia dice que se siente satisfecha de lo que le ha dado la vida, se ve en paz. Comprendí por qué no se casó. Sus hermanos son prácticamente sus hijos. Es una bendita madre virgen. Así tengo otras queridas amigas, su prole es el bien que hacen a la comunidad, su inmenso y sagrado amor que nutre vidas de muchas maneras, son flores luminosas de la Tierra, maestras de la generosidad y del arte de convertir carbón en estrellas.

Casi al salir del mercado vi unos bellísimos ramos de flores silvestres, me radiaron, compré uno y me fui a regalárselo a Roselia. Se sorprendió un poco al recibirlo, su rostro se vio sereno, me despedí y volteé hacia ella: estaba poniendo las flores en un recipiente, pero ahora tenía una encantadora sonrisa

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