Skip to main content

Llamados al amor: la vocación del hombre según Dios

Angélica Nahomi Meza Villalvazo – Docente del Campus Colima

¿Te has preguntado alguna vez quién eres? Quizás inmediatamente pensaste que sí, o tal vez esta pregunta resuena ahora mismo en tu mente: ¿Quién soy? Sería un poco anticipado de mi parte proponerte una respuesta inmediata a una pregunta tan antropológicamente profunda; tan profunda, que, sin ella, esta ciencia simplemente no existiría. Así que tranquilo, relaja tu mente y vayamos juntos a descubrirnos un poco más.

Para comenzar, me gustaría que viajemos al pasado y te imagines en el vientre de tu madre: débil, pequeño e incluso dependiente, alimentándote de ella, en un espacio tan limitado y acogedor a la vez. Conforme pasaron los meses, te fuiste formando poco a poco: tus ojos, tus manos, tu cuerpecito, que no ha cambiado mucho desde aquel tiempo. Al fin llegó el gran día: fue momento de soltar el cordón y salir al mundo. ¡Un día especial! Un silencio esperanzador y el cuerpo de tu madre luchando con amor desmedido por ti…

Aquí empieza la historia para ti: en el momento en que abriste tus pequeños ojos y comenzaste a descubrir tu propia realidad. Fuiste creciendo, aprendiendo cosas nuevas, tal vez viviste algunas tormentas, tuviste que esquivar alguna piedra en el camino, conquistaste algunas cimas… y también te rodeaste de personas que te han visto convertirte en quien eres hoy.

Pero, ¿qué pasaría si todo esto se tratase de un sueño? Si todo ha sucedido tan de prisa que… se apagaron las luces y no hay nadie en escena. ¿Dónde estás? ¿Qué haces aquí?

Sí, esta es la obra de tu vida, en la cual tú eres el protagonista. Tienes aliados, personajes secundarios, ¿por qué no?, antagonistas también y un sinfín de extras. Sí, se han encendido las luces y, ante una historia que aún se sigue escribiendo, la incertidumbre del protagonista ronda por el escenario, pensando incesantemente: ¿qué sigue? ¿Será momento de saltar, girar o gritar? ¿O sería mejor dejarle el protagonismo a alguien más?

Es claro, porque no basta con mencionar al elenco, sino que de pronto se levanta de su asiento el director de la obra y te llama por tu nombre. ¿Te conoce? ¿Se trata de una voz perdida entre multitudes?

Nuevamente lo has olvidado… Aquel que te ha elegido por tus dones, talentos y sueños, para ponerte en escena, está ahí, acompañándote. No actúa por ti, sino que te da la libertad de desempeñar tu papel. Está presente en cada escena, aunque no siempre lo veas. Lo más curioso es que conoce el guion completo, el cual te anima a vivir con amor, te guía con suavidad y desea que la obra conmueva y transforme al público. Estás aquí con un propósito: ser testigo fiel de ese amor que hoy encuentras.

La realidad es que no hay mejor obra que aquella que se conoce y se ha escrito con propósito, y aún mejor, aquella que, aun creándola con esmero, no se rinde ensayo tras ensayo para que, en su esplendor, el protagonista sea uno muy bueno, tan perfecto como pensado, pero sobre todo inmensamente amado.

Esos somos nosotros: tú, yo y millones de historias que corren tras bambalinas, con la pregunta constante… ¿Quién soy?

Sin percatarnos de que el verdadero director de esa gran obra está con nosotros, acompañándonos sonrientemente a cada uno y mostrándonos quiénes somos. Nos llama a subir al escenario, no para interpretar un papel ajeno, sino para ser nosotros mismos en plenitud. Conoce nuestras caídas, cuando olvidamos el texto, los nervios antes de salir a escena y, aun así, nos susurra detrás del telón: “Tranquilo, estoy contigo, la historia continúa.”

La exhortación apostólica Familiaris Consortio nos dice:

“Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor” (Fc 11).

Solamente aquel que por amor nos ha creado es capaz de revelarnos quiénes somos. La revelación no es más que la manifestación de Dios en nuestra vida: es tener manos abiertas, pies en marcha y corazón dispuesto para descubrir el misterio más grande de amor encarnado, que habla e interpela en lo más profundo de nuestro ser. Basta vivir sensibles a lo que nos rodea, contemplar la belleza de lo creado, el orden de las cosas y la vida de la que Dios nos hace parte.

“El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida carece de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”.

(Audiencia general, 16 de enero de 1980)

¿Te atreverás hoy a salir a escena y dejar que el amor escriba tu parte?

Por: Angélica Nahomi Meza Villalvazo

Comunicación Sistema UNIVA

Author Comunicación Sistema UNIVA

More posts by Comunicación Sistema UNIVA