
María Cristina González Martínez – Alumni de la Licenciatura en Filosofía
El Papa Francisco, de feliz memoria, acuñó este término para referirse a la forma en que el utilitarismo ha dado lugar a una lógica según la cual, si alguna persona no es útil, se le descarta; es decir, su vida no sirve a los intereses de un sistema centrado en la economía, el consumismo y el hedonismo en todas sus manifestaciones.
Una de las primeras ocasiones en que mencionó el término fue en la entrevista concedida al periódico italiano La Stampa, en octubre de 2014:
«Cuando en el centro del sistema ya no está el hombre sino el dinero, cuando el dinero se convierte en un ídolo, los hombres y las mujeres son reducidos a simples instrumentos de un sistema social y económico caracterizado —más bien dominado— por profundos desequilibrios. Y así se “descarta” lo que no sirve a esta lógica: es aquella actitud que desprecia a los niños y a los ancianos, y que ahora golpea a los jóvenes».
Al Papa le preocupaba enormemente la reducción de la tasa de natalidad, causada, por un lado, por el egoísmo de los jóvenes y, por otro, por el aborto eugenésico.
Tristemente, estamos frente a una sociedad que, si un ser humano en gestación presenta algún tipo de problema de salud o malformación que pueda ocasionar dificultades y/o sufrimiento a los padres, no duda en abortarlo. Desafortunadamente, los avances tecnológicos al servicio de la medicina detectan cada día con mayor precisión tales situaciones. Al Papa le llamaba la atención que ya casi no hubiera personas con síndrome de Down; lo decía y lo atribuía justamente a la lógica del “descarte”.
El 25 de noviembre de 2014, también en su discurso ante el Parlamento Europeo, afirmó:
«Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo, de modo que —lamentablemente lo percibimos a menudo—, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo, se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».
Se trata, pues, del desprecio por la vida, que es “descartada” como se deshace uno de un objeto que ha perdido su utilidad y ya no sirve. Se ha perdido por completo el
sentido de la trascendencia; estamos frente a una sociedad con una visión inmanente e individualista de la existencia. Al ser humano se le ha olvidado que el único Ser necesario es Dios, nuestro Creador, y que nosotros no somos sino sus creaturas, que somos y existimos porque Él nos ha participado el ser.
El Papa recordaba que los ancianos son la memoria de la humanidad, la que preserva los grandes valores, como el respeto y el amor por la vida, así como las grandes tradiciones religiosas que nos educan en el encuentro con Dios en lo cotidiano y nos enseñan a anhelar la eternidad con Él.
Asimismo, alertaba acerca del grave equívoco que se produce cuando prevalece la técnica por encima de la vida humana, causando una profunda confusión entre los fines y los medios, y dando lugar inevitablemente a la “cultura del descarte” y al “consumismo exasperado”.
Como solución, el Papa proponía ante el Parlamento Europeo, el 25 de noviembre de 2014:
«Afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio».
Y añadía:
«Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».
Considero que una de las grandes tareas del católico hoy en día es trabajar por la revalorización de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, rescatando la riqueza de la experiencia de los ancianos y la ilusión ante la llegada de una nueva vida. Que esa afectividad, siempre necesitada de cauces auténticos, se vea saciada por la vida de un ser humano y no por la compra de mascotas, para las cuales se adquieren toda clase de accesorios que bien podrían destinarse a los bebés.
Que Dios nos ilumine y nos dé fortaleza para emprender esta tarea.
Referencias.-
Papa Francisco; (2017); ¿Quién soy yo para juzgar?; pp. 121-124; Editorial Penguin Random House; México