
Joel Ponce Barreto – Coordinación de Proyectos y Adaptaciones del Sistema UNIVA
Si los muros hablaran —eso dijo mi cita— y ahí estaba yo, sentado en un restaurante montado dentro de una casa vieja de la Americana. Depeche Mode flotaba como un coro suave, medio sensual, medio distante, marcando el ritmo de lo que podía ser el inicio de algo… o el final de algo que apenas llevaba treinta minutos respirando.
Mientras mi cita hablaba, yo asentía con la cabeza, pero mis ojos seguían otro lenguaje: el de los detalles arquitectónicos de aquella casa.
Muros de casi cuatro metros, cansados pero orgullosos; un piso de pasta que crujía apenas alguien movía la silla; y en el patio central, un limón solitario, como si fuera el guardián de todas las historias que ese lugar había tragado.
Y no pude evitar preguntarme: ¿la arquitectura es un contenedor de historias? ¿Es el recipiente donde mezclamos y cocinamos nuestra vida?
Nuestros recuerdos siempre están anclados a los espacios que habitamos: la casa de nuestros abuelos, el hospital donde nacimos, la universidad donde aprendimos a ser adultos, la cafetería donde trabajamos, y hoy, este restaurante improvisado dentro de una casa vieja— también es un escenario.
De algo trágico, o de algo que podría ser de las mejores historias.
Entonces surge la duda: ¿cuál es el verdadero sentido del ser humano al hacer arquitectura? ¿Solo protegernos del clima, de la lluvia, del frío? ¿O es una forma de expresarnos, de dejar un eco de lo que somos, de capturar un instante cultural en concreto, madera y vidrio?
La arquitectura es mucho más que edificios. Es lo que una sociedad piensa, siente y teme en un momento específico.
Durante la Revolución Industrial, cuando la vida era velocidad y repetición, las edificaciones respondieron con pragmatismo y serie. Luego llegó la necesidad de algo más humano —de tocar el alma— y surgieron el Arts and Crafts, lo artesanal, lo íntimo.
Hoy, los contenedores de historias deben responder a nuevas urgencias: al cambio climático, a la equidad de género, a los grupos vulnerables, a un futuro que exige que los espacios ya no solo protejan, sino que también reparen, cuiden, incluyan y transformen.
Y quizá por eso, mientras mi cita seguía hablando y Depeche Mode seguía latiendo en el fondo, comprendí que la arquitectura no solo es un contenedor: es un espejo.
Un espacio no guarda historias porque quiere, sino porque nosotros las dejamos impregnadas en sus muros, en sus techos altos, en sus pisos gastados.
Y así como esta casa vieja de la Americana fue alguna vez hogar, luego abandono y ahora restaurante, también nosotros vamos cambiando de función sin dejar de ser nosotros mismos.
Tal vez eso es la arquitectura al final: el recordatorio de que, igual que los edificios, estamos hechos para sostener, para transformar y, cuando toca, para renacer.
Y mientras mi cita sonreía sin saberlo, entendí que incluso este momento fugaz —este posible inicio o posible final— también quedaría atrapado entre los muros.
Porque cada espacio que habitamos se vuelve parte de nuestra historia… y nosotros, sin querer, nos volvemos parte de la suya.