
Verónica Carolina Ruiz Ortiz – Estudiante de Licenciatura en teología
En diversos contextos urbanos contemporáneos se ha consolidado un tipo de comunidad cristiana que se autocomprende como respuesta a la supuesta obsolescencia de las expresiones tradicionales de la fe. Su propuesta se articula en torno a la experiencia emocional, una estética cuidada, la narrativa motivacional y una fuerte apelación a la pertenencia comunitaria. A primera vista, todo parece responder a una búsqueda legítima de sentido. Sin embargo, un análisis teológico riguroso obliga a preguntarse si esta forma de vivir la fe transforma verdaderamente al sujeto o si simplemente le ofrece un lugar donde sentirse a salvo de sus propias preguntas.
Estas comunidades se inscriben dentro del cristianismo evangélico no denominacional, con una fuerte raíz neopentecostal carismática. Su rasgo definitorio no es una cristología elaborada ni una eclesiología consistente, sino la centralidad de la experiencia subjetiva como criterio de autenticidad espiritual. La fe se valida por lo que se siente, por lo que se vive en comunidad, por la intensidad del encuentro. Pero cuando la experiencia se convierte en criterio último, la revelación deja de interpelar y comienza a adaptarse. No es el sujeto quien se deja transformar por la fe, sino la fe la que se acomoda cuidadosamente al sujeto.
La tradición cristiana ha sostenido, con insistencia, que el encuentro con Dios no confirma al yo, sino que lo descentra. Dios no se presenta como prolongación del deseo humano, sino como alteridad que incomoda, cuestiona y reconfigura. Cuando la experiencia religiosa se orienta prioritariamente a sostener el bienestar emocional, se produce una inversión silenciosa: Dios deja de ser el centro y pasa a ocupar el lugar de aquello que legitima lo que ya somos. La fe se vuelve amable, coherente, segura. Y precisamente ahí comienza su debilitamiento.
Desde la teología fundamental, este desplazamiento puede describirse como antropocentrismo espiritual. La revelación ya no irrumpe: acompaña. Ya no exige conversión: ofrece pertenencia. El Reino de Dios se traduce en bienestar; la cruz se suaviza hasta convertirse en metáfora de crecimiento personal; el discipulado se confunde con integración comunitaria. Todo parece correcto, incluso bueno, pero algo esencial se pierde en el proceso: la capacidad de la fe para decir «no» cuando el mundo y el propio corazón piden solo confirmación.
Este modelo interpela especialmente a sujetos formados en una cultura aspiracional, donde la identidad se construye a partir del reconocimiento, la coherencia pública y la pertenencia a espacios simbólicamente valiosos. El espacio religioso se convierte entonces en refugio: un lugar donde sentirse visto, aceptado y reconocido. Pero la pregunta teológica no es si esa necesidad es legítima —que lo es—, sino si la fe está llamada a satisfacerla o a transformarla. Cuando la religión se limita a ofrecer contención sin confrontación, corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de evasión espiritual.
La comunidad, en este contexto, deja de ser un cuerpo que discierne para convertirse en una atmósfera que sostiene. La pertenencia se construye por afinidad emocional más que por responsabilidad ética. La duda se tolera mientras no incomode; el silencio, mientras no cuestione; la crítica, mientras no rompa la armonía. Se aprende, lentamente, que creer también implica adaptarse, y que apartarse —aunque sea interiormente— tiene un costo.
Desde la cristología, la distorsión se vuelve aún más clara. El Cristo que emerge de este modelo no es el Cristo que confronta a los religiosos seguros de sí mismos ni el que pone en crisis las estructuras de poder espiritual. Es un Cristo funcional, cercano, comprensible, diseñado para acompañar procesos de autorrealización. Un Cristo que no exige perder la vida para encontrarla, sino optimizarla. Dietrich Bonhoeffer llamó a esto «gracia barata»: una gracia sin cruz, sin riesgo y sin transformación real.
Los recursos psicológicos que sostienen esta experiencia —música emocional, narrativas aspiracionales, identificación grupal— no son accidentales. Operan como mediadores afectivos que facilitan la adhesión y la permanencia. Pero cuando la experiencia de Dios depende de la atmósfera, del evento y del consenso emocional, la fe se vuelve frágil: incapaz de sostenerse en el silencio, vulnerable cuando la emoción no aparece, insegura cuando el entorno ya no confirma.
El riesgo último de esta espiritualidad no es pastoral, sino teológico. Una fe que evita el conflicto, que desactiva la negatividad y que privilegia la aceptación por encima de la verdad no forma sujetos libres. Forma identidades cuidadosas, obedientes y agradecidas, pero poco entrenadas para escuchar a Dios cuando su voz no coincide con lo que esperan.
La Escritura ha sido clara al advertir sobre esta confusión entre lo sagrado y lo humano. No denuncia la religiosidad, sino su desplazamiento. En palabras de Jesús:
«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos». (Marcos 7, 6–7, NVI)
No se trata de falta de fe, sino de una fe cuidadosamente organizada para no ser cuestionada. Una fe que conserva el lenguaje, los gestos y la forma, pero ha desplazado el centro. Tal vez el mayor desafío no sea abandonar estos espacios, sino atreverse a escuchar si, en medio de tanta luz, música y certeza compartida, todavía queda lugar para la pregunta que incomoda. Porque allí donde la fe no puede soportar el silencio ni la duda, difícilmente puede sostener el misterio.
Referencias
Biblia. (2011). Nueva Versión Internacional. Sociedad Bíblica Internacional. Bonhoeffer, D. (1995). El costo del discipulado. Sígueme. Fromm, E. (1950). Psychoanalysis and religion. Yale University Press. Rahner, K. (1978). Curso fundamental sobre la fe. Herder. Taylor, C. (2007). A secular age. Harvard University Press. Woodhead, L. (2004). An introduction to Christianity. Cambridge University Press