
Ángel Gabriel Orihuela – Encargado de Procesos de Titulación
Seguro que ustedes también los recibieron: decenas de mensajes de texto, audio y video que advertían sobre lo que estaba pasando en las calles de Guadalajara y otros municipios y estados el domingo pasado.
Unos le pedían a la población que se resguardara en sus casas porque, a partir de las 12 del día, los ataques se enfocarían sobre quienes estuvieran en la vía pública, sin importar que fueran inocentes.
Cuando llegaron las 12, el mensaje era el mismo, pero señalaba a la una de la tarde como el plazo fatal. A la una cambió a las dos y, a partir de las dos, señalaba que lo peor ocurriría a las cinco.
Un mensaje anónimo en un grupo de Facebook anunciaba que todos los reos de Puente Grande se habían escapado e imploraba que la gente se encerrara con llave.
Otro les pedía a todos que avisaran a sus familiares que se escondieran porque los ataques irían contra los habitantes en sus propias casas. Como toda fuente, el texto decía: «Se los digo porque me enteré de un lado».
Cadenas de WhatsApp advertían de motociclistas que lanzaban cócteles Molotov a los autos, o que comerciantes habían sido amenazados con que, a la una de la tarde, colocarían bombas en sus locales. Unas más hablaban de explosivos en los puentes peatonales. También había mensajes que anunciaban ataques a las instalaciones de la CFE.
Una familia recibió una foto y el mensaje de que en su caseta de acceso ya había gente disparando (a pesar de que ellos no habían oído nada, no estuvieron tranquilos hasta que la administradora de su coto les aclaró que se trataba de una falsa alarma).
¿Y qué me dice de las imágenes del avión incendiado en el aeropuerto, o de las panorámicas de Guadalajara y Puerto Vallarta en medio de fuego y columnas de humo?
En muchos de estos mensajes —enviados por gente conocida, de confianza, incluso querida— había un remate común: «Puede que no sea verdad, pero te lo mando por si las dudas».
Gracias a Dios, nada de esto pasó.
Pero nos deja una lección que, desafortunadamente, nos tenemos que repetir de tanto en tanto: en momentos de crisis hay que evitar la desinformación.
La desinformación es la creación y difusión deliberadas de información falsa o manipulada con la intención de engañar y confundir al público, ya sea con el fin de causar daño o para obtener beneficios políticos, personales o económicos. El Foro Económico Mundial clasifica este fenómeno como uno de los principales riesgos globales en la actualidad.
Un estudio de 2019, realizado por el profesor Roberto Cavazos, de la Universidad de Baltimore, y por la firma de ciberseguridad CHEQ, concluyó que el impacto económico de estas prácticas ronda los 78 mil millones de dólares por año a nivel mundial.
Pero mucho más importante que el dinero es la tranquilidad de todos, nuestra salud mental, sobre todo en medio de una situación tan grave como la que vivimos el domingo.
La Organización de las Naciones Unidas les ha pedido a las empresas tecnológicas, entre otras medidas, que divulguen políticas y prácticas pertinentes para contrarrestar la desinformación y que revisen sus modelos de negocio para asegurarse de que están en consonancia con los derechos humanos.
Sin embargo, ni empresas ni Estados están haciendo lo suficiente, por lo que parece que nos toca a todos nosotros romper con la cadena de la desinformación.
Es muy difícil, pero en tiempos de redes sociales, inteligencia artificial generativa y deepfakes —es decir, contenido ultrafalso— tenemos que aprender a no creer en todo lo que nos llega al celular.
En este sentido, la organización FactCheck.org recomienda pensar dos veces antes de compartir esas publicaciones y tomar algunas precauciones, como considerar la fuente: ¿Quién hace la afirmación? ¿Qué sabemos sobre esta persona? ¿Tiene algún conflicto partidista o financiero? ¿Qué le habilita para escribir o hablar sobre el tema?
También evaluar la evidencia: ¿La persona aporta alguna prueba, como enlaces a artículos, investigaciones publicadas u otras fuentes? ¿Se mencionan algunas fuentes, pero no hay ligas para verificarlas? ¿Qué tan creíble es la evidencia presentada?
Aprender a diferenciar entre información y opinión, así como consultar con expertos, son otras de las medidas a tomar. Recuerde que, si un mensaje le genera una reacción muy fuerte de enojo o miedo, puede ser que haya sido creado precisamente con ese fin.
Para detectar imágenes generadas con IA, hay que buscar partes del cuerpo poco naturales, como las famosas manos con seis dedos; también estar atentos a los objetos extraños, las sombras y reflejos irregulares, y letreros con palabras sin sentido.
Y, en el caso del audio, tomar precauciones como: ¿conocemos de quién es la voz?, ¿sabemos cuándo se grabó y dónde?, ¿la voz es natural o suena robotizada?, ¿tiene un acento extraño?
Tal vez, ante un evento tan relevante, lo mejor sea elegir a su medio de confianza, enfocarse en las comunicaciones de organismos oficiales (cuando las hay) e intentar abstenerse del ruido de las redes sociales.
No se trata de minimizar los graves hechos del domingo ni de vivir en el descreimiento, sino de aprender a navegar en un mundo complejo en el que hay quienes ganan asustándonos. En una situación en la que poco podemos hacer, eso sí está en nuestras manos.