Y SÍ, ¿VENDRÁ CUANDO MENOS TE LO ESPERAS?

Rosa María Melgoza Aviña – Coordinadora de Ciencias Económico-Administrativas

En los pasillos de la universidad, en charlas con amigos, entre exámenes parciales, trabajos en equipo y cafés apresurados, hay una frase que suele repetirse como consuelo: Vendrá cuando menos te lo esperas. Se dice sobre el empleo ideal, la oportunidad de intercambio, la beca soñada, el emprendimiento exitoso o incluso el propósito de vida. Y aunque suena esperanzadora, puede convertirse en una peligrosa invitación a la pasividad.

A ustedes, estudiantes universitarios, hay que decirles algo con claridad: las oportunidades rara vez llegan a quien simplemente las espera. Llegan —o, mejor dicho, se construyen— para quien las busca con intención y, sobre todo, con constancia.

La universidad no es una pasarela; es un lugar de acción. Es el momento en que el tiempo adquiere un valor estratégico. Cada cuatrimestre representa una inversión irrepetible. Cada clase, cada proyecto, cada práctica profesional puede ser un punto de inflexión. Sin embargo, muchos viven estos años como si fueran un simple trámite hacia la vida real, confiando en que, al graduarse, el éxito aparecerá casi por inercia.

El problema de creer que «vendrá cuando menos lo esperas» es que se desdibuja la responsabilidad personal. Se posponen decisiones importantes: aprender un idioma más adelante, hacer prácticas cuando esté más preparado, iniciar ese proyecto cuando tenga más tiempo. Pero el tiempo, en la universidad, no se amplía; se administra. Y quien no lo gestiona con intención termina desperdiciando una de las etapas más fértiles de su vida.

Las oportunidades profesionales no surgen de la nada. Se gestan en horas de estudio adicionales, en la curiosidad por investigar más allá del programa, en atreverse a hablar con un profesor, en asistir a conferencias, en enviar ese correo que incomoda. Lo que después se cuenta como suerte suele ser el resultado de disciplina silenciosa.

Además, el tiempo universitario tiene una característica particular: es un tiempo con margen para equivocarse. Fallar en un proyecto académico no tiene el mismo costo que fallar en el mercado laboral. Cambiar de rumbo, explorar intereses distintos, emprender con recursos limitados… todo eso es más viable ahora que en etapas posteriores con mayores responsabilidades. Esperar a que llegue el momento puede significar perder el mejor momento.

Esto no implica vivir en una carrera frenética ni convertir la vida universitaria en una competencia agotadora. Se trata de tener intención. De preguntarse con honestidad: ¿qué estoy haciendo hoy para acercarme a lo que quiero mañana? Si la respuesta es «esperar», quizá haya que replantear la estrategia.

La frase puede resignificarse. Tal vez las cosas sí llegan cuando menos lo esperas, pero no cuando trabajas menos. Llegan cuando estás tan concentrado, creciendo, aprendiendo y construyendo, que el resultado aparece casi como consecuencia natural. Lo inesperado favorece a quien se ha preparado.

Aprovechar el tiempo no significa llenarlo de actividades sin sentido. Significa usarlo con propósito. Leer más allá de lo obligatorio. Desarrollar habilidades blandas. Construir redes de contacto auténticas. Cuidar la salud física y mental. Invertir en uno mismo con la conciencia de que cada hora suma o resta en el proyecto personal que se está formando.

Universitarios: el futuro no es un regalo que se deposita en sus manos por arte de magia. Es una cosecha. Y la cosecha depende de lo que siembren hoy. Si desean oportunidades, búsquenlas. Si quieren destacar, prepárense. Si anhelan cambiar su realidad, comiencen ahora.

Porque sí, quizá «vendrá cuando menos te lo esperas». Pero casi siempre llega cuando decidiste dejar de esperar y empezaste a actuar.

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