¿Consumidores o creadores de tecnología? El desafío de innovar desde nuestros países

Fabio Díaz Palacios – Doncente de Verano Global

Vivimos en una época en la que la tecnología influye prácticamente en todos los aspectos de nuestra vida. Está presente en la forma en que nos comunicamos, producimos, aprendemos y resolvemos problemas. Los países que han apostado por la investigación, la innovación y el desarrollo tecnológico no solo han fortalecido sus economías, sino que también han logrado construir industrias capaces de generar conocimiento, empleo y soluciones adaptadas a sus propias necesidades.

Sin embargo, cuando observo la realidad de muchos países de América Latina, surge una pregunta inevitable: ¿estamos formando parte de esta transformación como creadores o simplemente como usuarios de la tecnología desarrollada por otros?

A lo largo de mi experiencia en la formación de ingenieros, tanto en Bolivia como en México, he podido constatar una situación que resulta familiar para muchos profesionales del área: gran parte de la tecnología que utilizamos diariamente proviene del exterior y de marcas internacionales de renombre. Incluso en el equipamiento que buscamos adquirir para la formación de profesionales —desde equipos industriales y sistemas de automatización hasta software especializado y plataformas digitales—, la mayoría de las soluciones tecnológicas que empleamos fueron concebidas, diseñadas y desarrolladas en otros países.

Por supuesto, acceder a estas tecnologías ha permitido importantes avances en productividad, educación e industria, por lo que sería injusto desconocer dichos beneficios. No obstante, también nos ha llevado a una dependencia que, en ocasiones, limita nuestra capacidad de responder de manera autónoma a los desafíos locales. Cuando una tecnología no se adapta completamente a nuestra realidad o su implementación depende de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras, quedan en evidencia las limitaciones de un modelo basado principalmente en la adopción y no en la creación.

Con frecuencia se considera que incorporar nuevas tecnologías es suficiente para impulsar el desarrollo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre utilizar tecnología y generar tecnología. La primera permite aprovechar conocimientos existentes; la segunda implica desarrollar capacidades propias, construir soluciones adaptadas al contexto y participar activamente en la generación de valor. Es por esto que los países que hoy lideran la innovación entendieron hace décadas que el conocimiento es un recurso estratégico y que invertir en él representa una apuesta de largo plazo.

Uno de los principales desafíos para avanzar en esa dirección sigue siendo la limitada inversión en investigación y desarrollo. En nuestras universidades encontramos estudiantes talentosos, docentes comprometidos e investigadores con ideas valiosas. Sin embargo, muchas iniciativas terminan quedándose en laboratorios, proyectos de grado o publicaciones académicas porque no encuentran los recursos, la infraestructura o el apoyo necesarios para

convertirse en soluciones reales. Más de una vez he visto propuestas con gran potencial para resolver problemas locales que, lamentablemente, no logran pasar de la etapa conceptual o incluso han tenido que cerrarse por falta de financiamiento.

Otro aspecto que considero crucial es la débil articulación entre la universidad, la empresa y el Estado. En los ecosistemas de innovación más exitosos del mundo, estos tres actores trabajan de manera coordinada: las empresas identifican necesidades, las universidades generan conocimiento y el Estado crea las condiciones para que esa colaboración sea posible. En muchos de nuestros países todavía existen esfuerzos aislados y buenas intenciones, pero con frecuencia los proyectos se diluyen entre trámites burocráticos, cambios de gestión o falta de financiamiento sostenido. El resultado es que numerosas oportunidades terminan perdiéndose antes de materializarse.

A pesar de estas dificultades, soy optimista. En los últimos años hemos visto surgir emprendimientos tecnológicos, startups y proyectos impulsados por jóvenes profesionales que buscan resolver problemas concretos de sus comunidades. También hemos sido testigos de cómo las herramientas digitales y las tecnologías emergentes han democratizado el acceso al conocimiento y al desarrollo tecnológico. Hoy, un pequeño equipo con talento, creatividad y acceso a los recursos adecuados puede crear soluciones con impacto regional e incluso global.

En este escenario, las universidades tienen una responsabilidad fundamental. Su misión no debe limitarse a transmitir conocimientos técnicos, sino que también deben convertirse en espacios donde se fomenten la creatividad, el pensamiento crítico, la investigación aplicada y el espíritu emprendedor. Formar profesionales competentes sigue siendo indispensable, pero también es necesario inspirarlos a cuestionar, proponer y construir nuevas soluciones. Nuestros estudiantes deben comprender que pueden ser mucho más que operadores de tecnología: pueden convertirse en sus creadores.

Estoy convencido de que el futuro tecnológico de nuestros países dependerá menos de la cantidad de equipos o sistemas que importemos y más de nuestra capacidad para generar conocimiento, adaptarlo a nuestras realidades y transformarlo en innovación. La tecnología seguirá llegando desde distintos lugares del mundo, pero la verdadera diferencia la marcarán las capacidades que seamos capaces de desarrollar dentro de nuestras propias instituciones, empresas y centros de investigación.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué tecnología compraremos en los próximos años. La pregunta realmente importante que debemos hacernos es: ¿qué tecnología seremos capaces de crear? La respuesta dependerá de las decisiones que tomemos hoy en materia de educación, investigación, emprendimiento e innovación. Solo así podremos dejar de ser espectadores del progreso tecnológico para convertirnos en protagonistas de nuestro propio desarrollo y, sobre todo, de nuestro propio futuro.

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