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“La ciudad también tiene género”

Daniella Alessandra Posadas Torres – Docente Educación Superior UNIVA Vallarta

Caminar sola por la noche, enviar un mensaje para avisar al llegar a casa, decidir qué ruta tomar o incluso qué ropa usar para moverse por la ciudad son decisiones que muchas mujeres toman casi de manera automática cada día. Forman parte de una rutina silenciosa que refleja la forma en que viven la ciudad. Son situaciones cotidianas, casi invisibles para muchos, pero que revelan algo importante: la ciudad no se vive igual para todas las personas.

Durante años hemos pensado el espacio urbano como algo neutral. Calles, parques, plazas y el transporte público parecen abiertos a cualquiera, ¿no? No hay letreros que prohíban su uso a cierto tipo de usuario; entonces, ¿por qué decir que no están ahí para todos? En la práctica, la ciudad no funciona de la misma manera para todas las personas. La forma en que experimentamos el espacio urbano está profundamente influida por factores como la edad, la condición socioeconómica o el género, y esto impacta directamente en cómo percibimos y utilizamos la ciudad.

En el caso de las mujeres, la relación con la ciudad suele estar marcada por una mayor conciencia del riesgo. Desde trayectos cotidianos hasta el uso de los espacios públicos, muchas decisiones se toman considerando elementos como la iluminación, la presencia de otras personas o la hora del día. Esto no significa que quienes diseñaron o planearon la ciudad hayan tenido como objetivo excluir a ciertos usuarios. Sin embargo, sí refleja que durante décadas la planeación urbana ha respondido principalmente a la visión y a las dinámicas cotidianas de quienes han ocupado los espacios donde se toman estas decisiones, que con frecuencia han sido hombres adultos. Como resultado, muchos entornos urbanos terminan reflejando sesgos sobre ciertas formas de habitar la ciudad.

Desde el urbanismo y la planeación territorial, cada vez más investigaciones han puesto atención en estas diferencias. Hoy sabemos que las mujeres suelen realizar trayectos más complejos dentro de la ciudad, combinando actividades de trabajo, compras, acompañamiento de hijas e hijos, cuidado de familiares y otras tareas cotidianas. A diferencia de los desplazamientos más lineales entre casa y trabajo, que tradicionalmente han guiado la planeación del transporte y la movilidad, estos recorridos múltiples revelan necesidades urbanas distintas que no siempre han sido consideradas.

En gran medida, estos patrones de movilidad también están relacionados con las tareas de cuidado. En México, las mujeres dedican en promedio más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, de acuerdo con datos del INEGI. Esto implica acompañar a niñas y niños a la escuela, atender a personas mayores, realizar compras cotidianas o gestionar múltiples actividades a lo largo del día. Estas responsabilidades influyen directamente en cómo se recorren las ciudades, qué rutas se utilizan y qué tan accesibles o seguras resultan las calles, el transporte o los espacios públicos.

En ciudades turísticas como Puerto Vallarta, donde el crecimiento urbano ha sido acelerado en las últimas décadas, estas reflexiones adquieren una relevancia particular. La expansión de la ciudad hacia zonas cada vez más alejadas del centro ha provocado que las distancias entre vivienda, trabajo y servicios sean mayores. Si a esto se suman las condiciones de movilidad y transporte, el resultado es que distintos grupos de la población experimentan la ciudad de maneras muy diferentes.

En este contexto, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, suele recordarnos la importancia de reflexionar sobre las desigualdades que aún persisten en la sociedad. Sin embargo, estas desigualdades no se manifiestan únicamente en ámbitos laborales o políticos; también están presentes en la forma en que se diseñan, se planean y se viven nuestras ciudades.

Pensar la ciudad desde la experiencia de las mujeres no se refiere a crear espacios exclusivos ni a plantear divisiones, sino a reconocer que las realidades urbanas son diversas y que la planeación urbana puede beneficiarse enormemente al considerar esas diferencias. De hecho, muchas de las estrategias que buscan mejorar la seguridad, la accesibilidad o la calidad del espacio público terminan generando ciudades más habitables para todas las personas.

Quizá por ello, cada vez más especialistas coinciden en que una ciudad que funciona mejor para las mujeres suele ser, en realidad, una ciudad que funciona mejor para toda la sociedad. Espacios públicos bien iluminados, transporte accesible, calles caminables y entornos urbanos seguros no solo benefician a un grupo en particular, sino que contribuyen a construir ciudades más justas y humanas.

Sin embargo, hablar de ciudades con perspectiva de género no significa que exista una receta universal o una lista de verificación que, una vez cumplida, permita declarar que una ciudad ya es plenamente inclusiva. Las realidades urbanas son complejas y profundamente diversas. Lo que funciona en un contexto puede no responder a las necesidades de otro. Por ello, el análisis local, e incluso barrial, resulta fundamental para comprender cómo se viven realmente los espacios urbanos.

También es importante reconocer que no todas las mujeres experimentan la ciudad de la misma manera. Factores como la edad, el nivel socioeconómico, el lugar de residencia, la presencia de hijas o hijos, la discapacidad o el acceso a recursos influyen en la forma en que se habita el espacio urbano. En otras palabras, la perspectiva de género no es un «ingrediente» que se agrega al final de un proyecto urbano, sino una forma de mirar la ciudad que atraviesa todo el proceso y que, al mismo tiempo, debe dialogar con muchas otras realidades sociales.

Tal vez un primer paso para avanzar hacia ciudades más equitativas no se encuentre únicamente en los grandes planes urbanos o en las decisiones institucionales, sino también en algo más sencillo: aprender a reconocer que nuestras experiencias de la ciudad no son iguales para todas las personas. Preguntar y escuchar cómo viven la ciudad otras mujeres cercanas a nosotros —madres, hermanas, amigas o compañeras— puede abrir conversaciones reveladoras sobre trayectos cotidianos, miedos, limitaciones o estrategias para moverse con mayor seguridad. Ver esas diferencias es, en muchos sentidos, el primer paso para poder transformarlas.

Este 8 de marzo también puede ser una oportunidad para ampliar la conversación. Más allá de las conmemoraciones o de los eventos que acompañan esta fecha, pensar en cómo se viven nuestras ciudades y para quién están diseñadas puede abrir la puerta a reflexiones necesarias sobre el futuro urbano que queremos construir

Comunicación Sistema UNIVA

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